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¿Quién me representa?

quien-me-representaLa delegada de mi circunscripción debería dimitir. Tendría menos dolores de cabeza, más tiempo para ocuparse de asuntos personales y no malgastaría tiempo en pararse frente a los vecinos con un manojo de justificaciones —no de soluciones—, recitados como si fuera una letanía (de hecho, a veces solo falta la entonación gregoriana).

Bastante tiene la pobre con enfrentarse a los molinos de viento de la cotidianidad como para erigirse en una heroína épica al estilo de Juana de Arco, quizás no por falta de vocación, sino por la soledad que asiste a quienes, como ella, llevan sobre los hombros el rosario de quejas de los electores a su cargo.

En el complejo, y a ratos disfuncional, organigrama de mando, las piezas más enclenques no son las que precisamente encumbran la pirámide. Todo el mundo conoce por dónde se rompe la soga.

Por eso nadie se alarma ante la reiteración de planteamientos. Más bien, la gente se acostumbra a la sensación de desamparo, muy parecida a la virginidad, que provocan las respuestas ambiguas y las falsas promesas, el asunto pendiente de revisión, el señalamiento “que sabemos existe y lo estudiaremos a fondo para llegar a conclusiones certeras”, acompañado del larguísimo etcétera de frases hechas, vacías.

Ante semejante estado de indefensión —vamos a ser finos para no llamarlo indolencia—, te devanas los sesos para encontrar quién te representa, cuestionas si tus derechos personales son tan grandes como el mamotreto de deberes que a diario te recuerdan debes cumplir a pie juntillas hasta entablar un monólogo digno de una tragedia shakesperiana.

Si las rectificaciones fueran directamente proporcionales a las quejas planteadas, hoy el vecino de la esquina no despertaría azorado del escándalo, ni yo fuera testigo del ejercicio arbitrario del poder que demuestra esa suerte de hijo bastardo que le ha nacido a la Oficina del Conservador en pleno centro histórico de Trinidad, bendecido desde el alto mando con la anuencia de hacer y deshacer, bajo un objeto social tan improbable como que un día los reclamos serán atendidos como Dios manda.

A estas alturas ni siquiera me enervo cuando la delegada llega con la cola entre las piernas. Ella está tan indefensa como yo, tan falta de potestad como yo, tan falta de representación como yo.

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