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La última página

la última páginaUna de las cosas que más me gusta de las libretas, las agendas, los cuadernos y todo cuanto huela a papel para dejar anotaciones es la hoja final.

En ese pedazo de papel, a veces mutilado, suelen mezclarse las catarsis cotidianas con la sensación de perder el tiempo, los datos personales con los números de teléfono, los dotes de artistas que muchos creen tener con las cuitas amorosas, la práctica de la caligrafía con chistes o chismes… hasta conformar un cuadro tan variado, tan garabateado, exponente puro del abstraccionismo.

Puede que en la portada rece: Libreta de Matemáticas, Libreta de Español, Libreta de Filosofía, Agenda de Trabajo…El contenido de la última página, sin embargo, dista mucho del nombre oficial.

Nada más socorrido que ese folio vacío para lidiar con una reunión infértil (como suelen ser todas las reuniones), una clase aburrida… y empezar a hacer trazos, escribir un chiste para el compañero de al lado, practicar la caligrafía (repetir hasta el cansancio tu firma, básicamente), jugar a los ahorcados, a los ceritos y, si estás en plena adolescencia, con las neuronas hirviendo, dibujar el corazón atravesado con una flecha y la promesa de amor eterno de Fulanita y Menganito en el centro.

Si no quedara espacio, apretamos en la esquina el número telefónico que nos acaban de dar, la dirección de correo electrónico. Incluso, hay quienes se las dan de poetas y pintores, y comienzan a componer versos o concebir obras maestras ahí.

Tiempo después, encuentras un cajón repleto de libretas, cuyos códigos solo tú conoces, con las últimas páginas saturadas de recuerdos. Le sacudes el polvo y vas directamente al final. Empiezas a viajar en el tiempo.

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A medio camino

a-medio-caminoA N., por las confesiones

Sin previo aviso, le cortaron las alas. El portazo fue más estridente que el de Nora, la protagonista de la obra de Ibsen que tantas veces leyó en el Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas.

Desde el jueves pasado, dice, las noches son largas. Ese jueves el Noticiero Nacional de la Televisión Cubana recuperó por media hora los índices de audiencia de antaño, cuando Telesur no le arrebataba primicias por su deliberada falta de inmediatez, bromea.

Varada en una isla donde hablan un idioma que apenas domina, procura ordenar los pensamientos. Las grandes avenidas, el sueño de perseguir un sueño (su sueño), la entrada al MOMA… regresan a la tierra de las ilusiones.

Quizás, murmura, no hay otra oportunidad y debe conformarse con la ilusión. No sería ni la primera ni la última que vivirá así. “Al menos no me enteré de la noticia en medio del mar”, escribe para consolarse y consolar a los suyos, en vilo desde entonces.

Pregunta. No encuentra respuestas. Piensa más de lo que ha pensado en sus 29 años de existencia. Reacomoda las ideas, las pone de cabeza, las voltea…, pero al final sabe que no podrá mojarse los pies.

Cuando un amigo se va…

Cuando un amigo se va-islanuestradecadadiaEste día, veinte años atrás, hacía 48 horas que mi padrino había llegado a España. Tal vez caminaba por una calle de Madrid, absorto en el deslumbramiento de recién llegado; quizá dormía porque aún estaba acostumbrado al horario de Cuba.

Dos días antes, en la saleta de mi casa, una despedida se interponía en una amistad que comenzó en tiempos de la vocacional de Santa Clara, cuando la suerte hizo coincidir en el 7mo B a mi mamá y mi padrino. Ahí empezaron las aventuras que los convertirían en dos seres inseparables para siempre.

En teoría aquel viaje tenía fecha de regreso, pero mi mamá presintió que pasaría mucho tiempo sin ver a ese hermano que la vida le había regalado. Por eso ella tiene fechado el miércoles 30 de marzo de 1994 como el segundo día más triste de su vida, el primero fue cuando mi abuela abandonó este mundo.

Dice ella que en intento de dosificar el dolor, fuimos todos a la orilla del mar para una primera despedida, pero yo no lo recuerdo porque con cinco años me era imposible asociar la playa con un escenario de tristeza. Aunque se juraron controlar las emociones el día final, la promesa se desmoronó la última noche: un paisaje de angustias donde mi padre tuvo que hacerme miles de murumacas para que yo no sospechara nada.

Entonces las confesiones y las dudas empezaron a viajar en cartas, tarjetas y postales que intercambiaban con bastante frecuencia; aquellos tiempos no eran de emails ni redes sociales. El papel, la tinta y alguna llamada telefónica se encargaron de acortar la distancia.

Eso es lo terrible de la emigración cubana: la perenne incertidumbre de si volverás a ver a los tuyos, el desarraigo, a veces definitivo; un proceso signado por el trauma de la separación, donde son muy pocos los que tienen el privilegio de asirse a la ley del eterno retorno. Al menos para mi mamá y mi padrino no fue tan devastador porque ha podido regresar varias veces a la Cuba de sus nostalgias.

Desde aquel día mi mamá entendió el significado real de unos versos cantados por ambos en las noches de descargas y que yo escucharía tiempo después en la voz de Elena Burke y Pablo Milanés, aunque la composición original es de Alberto Cortez: “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Ese primer verso pende del cuello de mi madre, estampado en un pergamino dorado que mi padrino le envió en un cumpleaños; una suerte de talismán para combatir las nostalgias e invocarlo cuando lo necesita.

El tiempo ha hecho más cercanas las comunicaciones, ahora las cartas son correos electrónicos, los telegramas pueden ser mensajes por Facebook o el teléfono móvil… pero mi madre siempre tiene un espacio vacío en su alma, una herida que siempre le faltará una esquina por sanar.

Por eso este 30 de marzo llamó a mi padrino a las seis de la tarde, hora de Cuba, que en España marca la medianoche, porque hacía veinte años de aquella noche gris y todavía se le encoge el pecho. Delante de ella recordé una frase que me dijo una Religiosa de María Inmaculada cuando le pregunté si a ellas le daban algún método para no sentirse tristes cuando debían trasladarse a otros países o regiones, después de pasar cinco años en un mismo sitio. “Fija esto en tu memoria, Carlitín -me dijo-: el corazón nunca se acostumbra a decir adiós”.

Memorias de ciudad

Memorias de ciudadNadie conoce el lugar exacto desde donde emana el deslumbramiento de Trinidad. Para algunos se debe a la armonía entre el presente y las almas del pasado que deambulan por doquier; muchos lo definen como un misterio y, por tanto, no es prudente resolverlo para que siga cautivando.

Trinidad, la Ciudad Museo del Mar Caribe, la villa detenida en el tiempo, de palacetes e ingenios, signada por la opulencia, la desolación y el renacimiento… pareciera que todo está escrito. La ciudad misma, sin embargo, se resiste al estanco y sus 500 años guarda historias para compartir, agazapadas en su acervo inmaterial, ése que aparejado al patrimonio tangible mantiene incólume la fascinación.

Cuentan que el terruño fue pródigo en el arte de la repostería, al punto de que ciertas familias mantenían en secreto las recetas y las legaban a las generaciones venideras como una especie de sello familiar. En el intercambio de dulces destaca los alfeñiques de la señora María Cantero, experta en preparar este platillo, los dulces y suspiros de yuca, las yemas dobles, los pasteles de masa real repartidos en las fiestas navideñas y la piña de almendras, un alimento que más tarde dio nombre a un punto de randa.

A los aromas de natillas y caramelo derretido se suman los versos de las cuartetas trinitarias, una especie de composiciones nacidas a vuelo de pájaro, de autoría anónima que bien podían alabar determinado sitio, persona o erigirse como sátira popular a cualquiera. Una de las más famosas está referida al Licenciado Maccort, un boticario de carácter poco feliz. Por eso no resultaba extraño escuchar en las inmediaciones del establecimiento estos versos: “En su casa el caracol/trabaja y se mortifica./ Y así vive en su botica/ el Licenciado Maccort”./

Detrás de las ventanas, en las saletas, solas o acompañadas por familiares o amigas muchas mujeres dieron vida a vestidos, mantillas, blusas y otras prendas a petición de las primeras damas de la República, quienes exhibían estas obras de arte emanadas de la urdimbre trinitaria en acontecimientos sociales. En medio de ese proceso de creación podía, tal vez, verse a un hombre con una jaula fabricada con varillas de río en la mano y, dentro de ella, escuchar el canto de un tomeguín, un sinsonte o un negrito. A nuestros días llega esta costumbre. Las aves continúan cantándole a su ciudad.

La procedencia de estas y otras estampas yace traspapelada en los enrevesados recovecos del tiempo. Por eso una sabia estudiosa refiere: “A Trinidad todo llegó por vía marítima, con destinatario pero sin remitente”.

Aquí confluyen las procesiones de Viernes Santo con los toques del tambor en el Cabildo de San Antonio; las composiciones de Catalina Berroa con los cantos yorubas y las tonadas trinitarias; las tradiciones de alfarería con las musas de los poetas. Esta es la tierra donde, como expresara Manolo Béquer en 1946, “cada rincón tiene una historia y cada historia un sinnúmero de evocaciones que invitan al ensueño y nos hacen trasladarnos a remotas épocas. Ninguna ciudad de Cuba ofrece al visitante tanto irresistible encanto y tanto recuerdo evocador”.