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A salvo

a-salvoHappy birthday to my mum…

Que la vida no vaya más allá de tus brazos. / Que yo pueda caber con mi verso en tus brazos, / que tus brazos me ciñan entera y temblorosa / sin que afuera se queden ni mi sol ni mi sombra…

No existe lugar más seguro en este mundo que sus brazos. Esos brazos que pueden ser puente y refugio, volcán y fusta, regaños y consejos… puerto seguro, siempre.

Los brazos de fisonomía gallega, que el tiempo comienza a estrujar, y con los que juego cuando nos sentamos a la mesa. Los brazos que descubren mis temores con solo rozarme la piel. Los brazos que me dibujaban sombras para calmar mi ansiedad.

Que me sean tus brazos horizonte y camino, / camino breve y único horizonte de carne: / que la vida no vaya más allá…(…)

 Como la mamá gallina de los cuentos de hadas, espera con los brazos abiertos para mí y mis amigos, para todos. Todo empieza y termina allí, donde siempre me sentiré a salvo, aunque ya no sea un niño.

A pocos minutos de la medianoche, este martes, antes de que el calendario le marcara 54 noviembres, lo primero que hice fue abrazar a mi mamá.

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Carta de un padre arrepentido

Carta de un padre arrepentidoIsla nuestra de cada día, hija:

Y todavía me sigues dando alegrías, aunque casi no te atienda y me excuse en el trabajo, en el tiempo, en las vueltas de la vida, en el exceso de nostalgia. Me sorprendes con nuevos amigos que deciden quedarse los martes, con letras que otros hacen viajar Internet mediante, reclamando historias.

Yo solo te pido una nueva oportunidad. Este martes, el primero del 2016, estoy en pleno corazón del macizo montañoso Guamuhaya, como ha quedado dispuesto luego de una redistribución territorial que más me huele a asuntos de latifundistas que otra cosa, y en la rama de aquel árbol al pie de la montaña un zunzún revolotea, quizás para recordarme que es martes y no puedo permitirme una semana más de ausencia.

Ahora te abro, me regalas el informe del año anterior para que retome el hábito semanal, me muestras barras estadísticas muy alentadoras, jamás en cero, pese al abandono acumulado. Recogiendo las cosa viejas, encuentro apuntes pendientes de escritura, memorias que algún día me servirán para ordenar los recuerdos. Y me demuestras que el problema no es esterilidad frente a la cuartilla en blanco.

Nuevas puertas se abren porque han leído todo cuanto he contado aquí y les gusta. Aumentan los seguidores en el buzón electrónico. Y yo no te agradezco.

Hagamos un trato: te voy a vestir con nuevas ropas digitales, también tengo letras sin estrenar. Recompensaré el tiempo porque no puedo recuperarlo, es imposible.

En el primer martes del año me bajo de la nube, para volver a andar. Prometo un 2016 como mereces.

A estas alturas solo quiero ofrecerte mis disculpas.

Atentamente,

Tu padre.

Un cuarto de siglo

Un cuarto de siglo islanuestradecadadiaSegún el cálculo de los especialistas debería haber nacido a mediados de julio de 1989, bajo el signo de las temperaturas estivales y el apogeo del verano. Pero yo, que no simpatizo mucho con el calor, decidí adelantarme un mes y medio a sabiendas de no estar formado completamente. Ese fue mi primer acto de rebeldía, dice mi mamá.

Una semana después, luego de mantener con el corazón en la boca a Pediatras y enfermeras con mi Apgar de 4.5 y mis tres libras y media, la vida de este prematuro transcurría entre los muros de una incubadora de la sala de Terapia Intermedia de Sancti Spíritus porque me remitieron a la cabecera provincial ante tanta gravedad. Del otro lado del cristal del salón estaban Galinka, que me vio por primera vez a los siete días de la cesárea, y Carlos Enrique, que por ese entonces podía postularse a modelo a juzgar por su flaqueza, resultado de viajar a diario a las dos villas para cuidar por su esposa e hijo.

Justo ahí, en el clima menos romántico de todos, en medio de ese olor a hospital, estuvimos los tres junticos. Por un momento mi madre albergó la esperanza de que yo fuera otro de los niños de la sala, al menos uno con mejor porte, y no esa lagartija cabezona, con patas de rana; esa rabuja intranquila e inapetente con ojos de búho. Vaya sorpresa la suya cuando mi padre le confirmó que, efectivamente, el “bichito” era el de ellos.

Entonces Galinka rompió a llorar y con esa sinceridad tan suya le confesó a mi padre: “¡Ay, Carlos, esa cosa no se nos salva!”. Ese fue el primer elogio de mi madre para conmigo.

De aquel momento aciago, como dirían los poetas, ha transcurrido casi un cuarto de siglo y aquellos infructuosos intentos para aumentar mi peso, las noches de desvelos, la tensión de si tendría problemas con el aprendizaje… ambientan ahora las conversaciones familiares como estampas a las cuales es preciso volver para conservarlas lo más fiel posible, en tanto la memoria lo permita.

A solo horas para llegar a la mitad de la media rueda me sigo considerando dichoso -así, sin falsa modestia-, pese a las avalanchas y sinsabores, que, paradójicamente, te impulsan a navegar con más fuerza ante marejadas peligrosas. Con pocos sueños rotos, muchos realizados y una montaña pendiente continúo mi ejercicio de supervivencia, no con pesimismo, sino con el convencimiento que es el precio a pagar por los riesgos y yo tengo alma aventurera.

Al fin y al cabo no he hecho otra cosa desde aquel 23 de mayo de 1989, cuando me empeciné en nacer: sobrevivir, escalar, caminar… contra todo pronóstico científico y mundano, acompañado de los míos, intentando florecer donde algún día Dios, los espíritus, la energía, la Madre Natura, la Vida… decidió plantarme.

Entre el exilio y la incertidumbre

Entre el exilio y la incertidumbreHay exilios que muerden y otros/ son como el fuego que consume./ Hay dolores de patria muerta/ que van subiendo desde abajo,/desde los pies y las raíces/ y de pronto el hombre se ahoga,/ ya no conoce las espigas,/ya se terminó la guitarra,/ya no hay aire para esa boca,/ ya no puede vivir en tierra/ y entonces se cae de bruces,/ no en la tierra, sino en la muerte.

Pablo Neruda 

Aquel 17 de septiembre de 1973 debió ser terrible para muchos chilenos al ver que el Golpe Militar perpetrado por las Fuerzas Armadas y Carabineros, con la figura del General Augusto Pinochet como cabecilla del hecho, llegaría a una semana de establecido. Tal vez muchos no habían asimilado aun el suicidio de Salvador Allende y creyeron ver pronto el fin de aquel régimen porque, quizá, se trataba solo de una fiebre, que se cura en siete días.

No voy a escribir de política. No se me da bien. Para mí resulta un asunto complejo y subjetivo donde cada cual defiende a ultranza su postura. Yo respeto las ideas individuales, aunque no comulguen con las mías. Tampoco voy a entrar en el contrapunteo de si Allende hubiese conducido a Chile por rumbos prósperos o lo hubiese arrastrado a la miseria. Me reservo esos criterios.

Más allá de cifras de desaparecidos, torturas y crímenes -de indiscutible peso durante la dictadura de Pinochet- siempre he pensado en el terror, las lágrimas y las heridas que sufrieron las familias a partir de aquel 11 de septiembre.

Supongo debió ser extremadamente penetrante el dolor en el pecho de las madres cuando se vieron en la encrucijada de montar a sus hijos en aviones con rumbo a otros países, con la incertidumbre de si volverían a verlos alguna vez, antes de vivir con la zozobra de no verlos regresar a casa después del trabajo.

Imagino los matrimonios rotos, el desasosiego de los exiliados al verse en una tierra extraña y de cuántos malabares debieron valerse para luchar contra la nostalgia de estar lejos de su Patria, al punto de construir una tierra irreal en su memoria, lo más parecido posible al país de sus recuerdos, como mecanismo de defensa para escapar de la melancolía.

Así le sucedió a miles de chilenos que nunca más han logrado sacudirse el trauma del exilio y a 40 años de aquel día de espanto reviven los acontecimientos con exquisita precisión. Tales sentimientos todavía atormentan a la escritora Isabel Allende, según ha declarado en entrevistas y en varios de sus libros. “Mi mundo cambió en 24 horas. La vida, como era, se terminó para mí”.

Me produce escalofríos pensar en el constante sobresalto de quienes no tuvieron más remedio que quedarse, o así lo prefirieron, al sentir el toque de queda; en quienes murieron, por vejez o asesinados, sin imaginar que aquel calvario duraría más de una década y lo angustioso de vivir en una ciudad invadida por carros militares a toda hora, sumida en la desesperación, donde era preferible “no ver, no hablar, no oír para que la vida fuera más llevadera”, como dijera Irene Beltrán, personaje protagónico de la novela De amor y de sombras.

Eso es lo que más me asusta de la vida: cuando nos sorprende para mal y barre de un plumazo la realidad de un día para otro.

Cada 11 de septiembre, mientras los medios de comunicación recuerdan la desgracia acontecida en el Palacio de la Moneda, reaparece la punzada en el estómago, la pregunta de cuán terrible debió ser. A lo mejor son locuras mías, pero siempre me quedará la duda de saber si Salvador Allende, en un momento de relevación, logró avizorar el imprevisto final de su gobierno, cuál fue su último pensamiento, o si algún chileno clarividente vaticinó la ola de martirio y persecución que arrastró a esa nación del continente a una de las dictaduras más crueles de la historia de América Latina.