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Misterio de fe

Misterio de fe islanuestradecadadiaCuando llega la Semana Santa, Trinidad se transforma, se percibe un ajetreo distinto en las calles. La gente quiere saber si hay procesión, a qué hora. Desde el jueves empiezan a llegar turistas del rincón más improbable del planeta junto a los trinitarios bendecidos con la posibilidad del regreso -y también los medios económicos-.

Como en el resto de las iglesias del mundo, existen celebraciones litúrgicas a lo largo de la Semana Grande, pero el mayor misterio todavía yace en la Procesión del Santo Entierro, el Viernes Santo, en esas dos horas de recorrido donde se rememora la ruta del Gólgota. Eso es lo único que ha sobrevivido de las relaciones Estado-Iglesia por estas tierras de Dios, otrora dueña de unas festividades eclesiásticas tan majestuosas que siempre se decía que después de la Semana Santa de Sevilla, estaba la de Trinidad.

He aquí uno de los rostros más antiguos de la villa: el de celebrar la pasión y muerte de Jesús de Nazaret con una devoción popular sin límites; un evento donde confluyen creyentes, santeros, ateos, curiosos, extranjeros, visitantes de otras provincias, blancos, negros, mulatos, chinos, niños, adultos y ancianos en una suerte de ajiaco como los descritos por Fernando Ortiz, todos bajo el ingrediente de la tradición.

Aun cuando solo está permitida la procesión del Viernes Santo -del lobo un pelo, digo yo-; aun cuando el recorrido es el mismo, las imágenes, la música… cada año acuden miles de personas y cuando los tambores, clarinetes, trompetas y platillos de la banda municipal tocan la marcha fúnebre, los pelos se ponen de punta, la gente se pone seria, embebida por el misterio y el silencio.

Tres son las imágenes en el peregrinaje: el Santo Sepulcro, San Juan y la Virgen de la Soledad. Al primero lo carga el pueblo, las manos rudas del constructor, del ex presidiario; lo conducen los pies del vendedor en las esquinas, del que corre hacia el hospital… lo protege la mirada de quienes le siguen con sus velas encendidas, resguardadas en vasos plásticos o cartones.

Miembros de la comunidad acompañan al discípulo amado. Él le señala el camino al Calvario a María de la Soledad, cuyas manos sostienen la corona de espinas y su rostro desconsolado, lo envuelven las lágrimas. Los jóvenes custodian a la madre durante el recorrido y desafían las irregulares calles empedradas para moverla lentamente de un lado a otro -la «bailan», dirían los más viejos-, como si caminara por la ruta de la cruz.

Mientras este camino continúa por la calle Amargura, llega a las Tres Cruces, baja por la calle Real para llegar a la Iglesia Santísima Trinidad, punto de partida, otros deciden permanecer en la Plaza Mayor para rezar y aguardar por la salida del Cristo de la Vera Cruz, un símbolo de la ciudad, que sale a escuchar el clamor de sus hijos desde el arco central del templo.

Al regreso las tres imágenes descansan entre la iglesia y la plaza, alrededor del crucificado, en una escena sui-géneris, rodeadas por ese mar de luces tintineantes en las manos del pueblo. Entonces se escucha el canto del Miserere en latín -uno de los pocos lugares en Cuba donde se mantiene la costumbre- y el himno al Cristo de la Vera Cruz. No importa si no entiendes qué significa la plegaria: basta mirar los ojos de la gente mientras contempla las imágenes, les tocan el pelo, el manto, las manos… para cumplir promesas o pedir amparo; basta contemplar al padre con el niño en hombros, bañado en sudor, a la anciana con el rosario en la mano, a la joven con los collares de Ochún rezarle al Sepulcro para dejar de buscar explicaciones racionales y dejarse seducir por el misterio, al menos por una vez en la vida.

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Folklore de Viernes Santo

Folklore de Viernes Santo“El Diablo anda suelto porque Dios ha muerto”, exclamaría con tono místico Carlos Joaquín Zerquera, fallecido historiador de la ciudad de Trinidad, si este Viernes Santo cruzara el umbral de mi casa.

Y es que con la llegada de la Semana Santa, Semana Mayor o Semana Grande, como también se le conoce en otras latitudes, reaparecen mitos entretejidos entre los cubanos en torno al día de la pasión y muerte de Jesucristo; rituales con más arraigo que el propio significado religioso de la fecha, cuya presencia tiñe la jornada con los matices de la fe popular.

Lo más común es escuchar a alguien preguntar quién cura el empacho-una suerte de desorden digestivo tras el consumo de alimentos- porque solo el Viernes Santo los interesados aprenden cómo aliviar el padecimiento estomacal. Para ello deben acudir a una persona bendecida con el don. Eso sí, nada más pueden ser tres aprendices por cada maestro. Existen varios métodos: una toalla, una cinta… y cuentan que si olvidas la oración, no naciste con la gracia.

“Por nada de este mundo pienses en barrer si no quieres ser víctima de la invasión de las hormigas. Barres y entran al momento”, dicen por ahí. También cesan las matanzas de los animales; según cuentan, ni siquiera se puede maltratar a las lagartijas porque “ellas borraron con su cola las huellas dejadas por José y María en el desierto cuando huyeron del Rey Herodes”.

Otra leyenda señala que las plantas no deben podarse. Si se desafiara la furia divina, en el caso del almácigo brotará del tallo una sustancia roja en vez del acostumbrado líquido blanco, como remembranza a la sangre del crucificado. Durante la semana deben sembrarse los gandules, para recogerlos listos en Navidad.

De toda la pesquisa previa a la escritura, la más curiosa para mí resultó el mito del huevo de la gallina. Al decir de una amiga, a su abuelo, afectado por la diabetes, le curaban el pie con la resina del huevo puesto por la gallina el Viernes Santo. Había que dejarlo secar, misteriosamente no se ponía “culeco” (clueco, de manera correcta), entonces se aplicaba sobre el paciente.

Hasta el amanecer del Sábado Santo reposan los vasos espirituales, caracoles y cartas. Solo los interesados en hacer mal aguardan al mediodía para pactar con el demonio, el resto de los representantes de los cultos sincréticos cubanos caminan rumbo al templo, vestidos de blanco, para postrarse ante el Santísimo Sacramento del Altar.

A pesar del escepticismo de algunos, existen quienes no tienen las agallas para desobedecer estas disposiciones de procedencia desconocida, legadas de una generación a otra hasta inscribirse en las estampas costumbristas de esta Isla.

Este viernes la procesión del Santo Entierro caminará por las arterias empedradas de Trinidad. Otra vez -al menos durante 24 horas-llegará la quietud que otrora reinaba en el Centro Histórico de la villa; otra vez el pueblo acompañará al Santo Sepulcro, la Virgen de la Soledad y San Juan en su peregrinar hasta el Calvario… y otra vez el imaginario popular desatará las supersticiones de Viernes Santo. Algunos aprenderán a aliviar empachos, las escobas, caracoles y otros métodos adivinatorios reposarán, alguien ofrecerá promesas a Satanás, los animales respirarán aliviados, las plantas no sufrirán daños y los pollitos en formación devendrán bálsamo bendito para convalecientes.

En busca del sonido ausente

A Alfredito Zerquera

Su alma partió hacia rumbos desconocidos demasiado rápido. ¿Quién sabe cuántas melodías soñaba con interpretar todavía en la flauta, la fiel amiga que lo acompaño desde su juventud?

Nadie lo sospechaba, no estaba previsto, ninguna enfermedad lo aquejaba, apenas aparecían las canas…, pero las agujas del medidor de presión se dispararon vertiginosamente, apagaron el cerebro y, en solo día y medio, arrastró su cuerpo hacia el umbral donde no existe el regreso.

Es un hecho: Alfredo Zerquera, Alfredito o Zerquerita, como le conocían cariñosamente sus colegas músicos, amigos, familiares… ya no volverá a encantar al público con las melodías silbadas en su instrumento-al menos no en el mundo terrenal-.

Frente a acontecimientos así, es cuando la vida nos recuerda que aunque pretendamos labrar nuestro destino, esquivar los malos augurios… ella tiene la última palabra y ríe de último en nuestra cara -muchas veces con sarcasmo-. Con solo cerrar las válvulas del corazón se termina la existencia, así de simple.

¡Y es que a Alfredito le faltaba tanto por hacer! Y me atrevo a decirlo porque presencié sus ansias constantes de escalar más alto, de apostar siempre por el Arte, la Música, la Cultura, por Trinidad-solo alguien como él asumiría el liderazgo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en la ciudad, cuando la organización estuvo al borde del colapso, una misión casi suicida -.

En días como este lamento en demasía no haberlo entrevistado como el flautista excepcional que fue, fundador del cuarteto Leyenda, integrante de la Orquesta Aliamén, Las Cuevas, Estrellas del 48, entre tantas otras agrupaciones donde dejó el alma…, merecedor de infinidad de lauros por su quehacer dentro y fuera de fronteras, esposo, recientemente abuelo. Pero es que-repito-nadie avizoraba este adiós.

En mi adolescencia me encapriché en aprender guitarra. El me regaló las tardes de los lunes y miércoles e intentó enseñarme a leer el pentagrama. Me habló de la clave de Sol, la de Fa; de solfeo, negras, blancas, corcheas, fusas… pero nunca fui capaz de comprender el lenguaje musical. “Lo tuyo es el canto”, me dijo.

Ahí estuvo, haciendo arreglos de último minuto a una canción para interpretar en festivales, buscando el vals ideal para la fiesta de una quinceañera… con la gorra para proteger del Sol su cabeza afeitada, montado en su bicicleta-tan pequeña como su estatura- con el estuche de la flauta en la espalda para ir a ensayar a la Banda Municipal, a amenizar las noches en las escalinatas de la Casa de la Música con las melodías de boleros y guarachas con ese aire protocolar que siempre lo acompañó.

El próximo Viernes Santo faltará el sonido de su instrumento para acompañar a la Virgen de la Soledad en la procesión del Santo Entierro, su asiento en la tribuna el Primero de Mayo estará vació, no estará asomado en la ventana de su casa, con el saludo al vecino, no estará…

Dicen que los caracoles guardan el sonido del mar. Si colocas uno en el oído sientes al vaivén de las olas. Tal vez ese sea el reto de ahora en adelante: ir en busca del sonido ausente, escuchar con más atención los ensayos de la Banda o mirar cuidadosamente las escalinatas al atardecer, para sentir a Alfredito tocar desde otra dimensión porque, esté donde esté, estoy seguro que no ha abandonado la Música y se niega a cambiar la flauta por una lira, al ángel que ahora lo acompaña.