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Isabel

isabelAunque pudieron llamarla Caridad, la bautizaron con el nombre de Isabel. Por estas fechas, muchos años atrás, permanecía delante del altar que cada septiembre le erigía a la Patrona de Cuba en pago a la promesa hecha a la Santa por interceder a favor de la salud de una de sus hijas.

Blanco y azul eran, religiosamente, los colores reservados para el noveno mes del año, algo curioso porque en aquel entonces no existía la arraigada costumbre de vestirse de amarillo en honor a la madre de todos los cubanos, resultado de la mezcla del catolicismo con la religión yoruba en esa suerte de dualidad Virgen de la Caridad-Ochún.

Apenas asomaba septiembre y todas las hijas recibían la encomienda de comprar papeles para forrar las botellas, que luego engalanarían el monumento coronado con la imagen cuya procedencia nadie recuerda ya, pero la acompañó hasta el último de sus amaneceres.

A los pies de María del Cobre, Isabel rogó por la protección del hombre que amó toda su vida, la salud de sus seis hijas… y dicen que desde entonces rezó para que las generaciones venideras de la familia estuvieran bajo el amparo y cobijo de la Virgen Mambisa.

Tal vez de ella heredé esta devoción que me arde en las venas cuando llega septiembre. Tal vez por ella me emociono y lloro cada año…

Aunque pudo llamarse Caridad, la bautizaron con el nombre de Isabel. Pero la caridad fue el dogma que siempre abrazó la bisabuela materna que nunca conocí, pero desde el cielo me protege.

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El himno de Sofía

El himno de Sofía  (2)-islanuestradecadadiaA casi 30 años de aquel día de septiembre, Ana Sofía Lemes Mauri no encuentra una justificación racional al suceso.

Quien no sepa quién es Ana Sofía, permítanme reseñarle en muy apretada síntesis parte de su existencia: trinitaria de sonrisa grande y pena tremenda, virtuosa siempre frente al piano, y heredera de la tradición ancestral de acompañar las Plegarias de los Siete Dolores de la Virgen, composiciones únicas de su tipo en Cuba, consideradas auténtico patrimonio religioso de la villa, compuestas y musicalizadas por la trinitaria Catalina Berroa que se cantan antes de comenzar la Semana Santa.

Lo que muy pocos conocen es que Ana Sofía es la autora de un himno a la Virgen de la Caridad, hasta este momento el único escrito en el siglo xx por una mujer del territorio, a saber.

Sucedió en 1985. “Ya había pasado el día ocho. Yo regresaba de la Escuela Vocacional, en Santa Clara, de ver a mis hijos cuando de pronto, en pleno viaje, me vino la letra y la música de un himno a nuestra Patrona”, recuerda.

De modo que al llegar a casa, antes de sacudirse el polvo del camino, abrió su máquina de escribir y mecanografió las cinco estrofas, palabra por palabra, para inmortalizar aquella suerte de revelación, a la vez ofrenda a quien siempre le pidió la intercesión divina para el amparo de su familia.

Sin embargo, lejos de presumir, solo mostró la obra a su amigo Armando Lara, violinista acompañante en la interpretación de los Siete Dolores, quien tradujo la melodía en el lenguaje del pentagrama. Él y la madre de Sofía, la primera en escuchar el himno, fueron cómplices de aquel acontecimiento místico que la autora decidió develar 26 años más tarde, incluso a sus hijos.

La Virgen Mambisa propició la confesión de la trinitaria. Con motivo de la celebración por el 400 aniversario del hallazgo de la imagen en la Bahía de Nipe, Sofía compartió el recuerdo a modo de anécdota. Y solo después de mucha insistencia se atrevió a sacar a la luz la hoja mecanografiada y la partitura guardadas en un sitio donde reposan las memorias familiares.

Por eso en ese concierto ocurrido en 2011 no fueron pocos los que quedaron embebidos con las notas de un himno dedicado a la Madre de todos los cubanos nunca antes escuchado, compuesto por una trinitaria e interpretado por el coro Piedras Vivas, de la Iglesia Santísima Trinidad, delante de Cachita.

La noche del miércoles 29 de junio Sofía perdió el temor cuando acarició las teclas del piano, y su madre sonrió desde el cielo. De vez en cuando abre el sobre y desdobla la hoja gastada donde escribió ese himno religioso que nunca más se ha vuelto a tocar, quizás porque estaba reservado para un instante muy puntual desde el momento exacto en que fue concebido.

(a la izq.) Letra original, mecanografiada por la autora en 1985. Copia del original (der.)

(a la izq.) Letra original, mecanografiada por la autora en 1985.
Copia del original (der.)

El enigma del daguerrotipo

El enigma del daguerrotipoA Mercedita Betancourt, por confiar esta historia a la Isla nuestra de cada día, por estar siempre dispuesta a servir.  A la familia Betancourt Echemendía, por abrirme las puertas de su casa.

El día que la embarcación abandonó el puerto de Casilda, don Antonio Herr y Salazar tenía bien claro el motivo del viaje: llegar hasta la Ermita de la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba, cumplir una promesa hecha tiempo atrás y hacerle una foto a la Patrona de Cuba. Le acompañaban sus amigos don Pedro Montardy, don Rosendo Armada, don Miguel Sánchez, don Ricardo García y el pintor Manuel Castillo, cuyo deseo era llevar al lienzo la imagen de la Virgen Mambisa.

Herr y Salazar alcanzó tal maestría en el arte del daguerrotipo que a pesar de los avatares de los años muchas casas de la ciudad conservan intactas varias obras del artista.

Tal vez mientras el barco surcaba los mares, el trinitario entretejía en su pensamiento los beneficios a obtener por la venta de la imagen, pero nunca pudo avizorar cómo aquel periplo le haría protagonista de una historia signada por los misterios de la fe, que cambiaría su existencia para siempre.

Al llegar a la Ermita, dicen, devotos, curiosos, mendigos… miraban con extrañeza el artefacto sobre los hombros del fotógrafo, entre ellos una anciana que le preguntó el propósito de la carga. Es para retratar a la Virgen, explicó él. Sólo si ella se lo permite, acotó la señora. Cuentan que la risa de los viajeros irrumpió en plena calle y siguieron de largo.

Horas más tarde aquellas carcajadas de incredulidad se tornaron constante sudor en el cuerpo de Herr, al ver cómo las planchas de cobre plateado se apilaban una sobre otra con borrones imprecisos. Ajustaba el equipo, revisaba los materiales…, mas no asomaba ni el indicio de una silueta bien definida; solo borrones. Uno de sus compinches le recordó la sentencia pronunciada por la mujer. El fotógrafo continuó su infructuosa caza de desperfectos.

Cuando no faltaba resquicio por revisar, tuerca por ajustar… el artista cayó de bruces ante la Madre de todos los cubanos, le imploró reproducirla en un daguerrotipo y prometió que todas las ganancias serían destinadas a su culto. Entonces, dicen, la cámara disparó un flash nunca antes visto, emergiendo una imagen con el don del deslumbramiento, que el pintor Manuel Castillo reprodujo en lienzo, años más tarde.

Parecería una suerte de leyenda, un mito de pueblo… Parecería, incluso, un cuento concebido a propósito de la novena a la Virgen de la Caridad del Cobre, vísperas de su fiesta patronal. Pero tengo en mis manos dos pruebas irrefutables: ahora mismo leo algunos detalles de esta historia en un libro raído por el tiempo y tengo ante mis ojos el cuadro firmado por M. Castillo, dedicado a Herr, que cuelga en la sala de la familia Echemendía, en Trinidad.

La Virgen del Teniente Coronel

“(…) dale la unidad a tu pueblo/siembra amorosa la unión (…)”

A María Antonia Téllez, nieta de José Téllez, y su familia, por permitirme contar esta historia

 Tal vez la decisión más difícil para el Teniente Coronel José Téllez Caballero durante toda su existencia fue cuando resolvió que su esposa e hijo mayor vivirían en una cueva hasta al fin de la guerra independentista.

Corría el período 1895-1898. La contienda contra los españoles llegaba a todos los rincones de la Isla. Para 1897 José había tomado Trinidad al frente de una columna compuesta por 180 hombres del Ejército Libertador y se refugiaban en las lomas del Escambray.

Antonia Marín y Emigdio, su esposa y primogénito, vivían en la casa ubicada en la calle Boca, pero Téllez escuchó rumores de abusos hacia las cónyuges de los insurrectos por parte de los panchos. Entonces el oficial trinitario se vio en la encrucijada de despojar a los suyos de toda comodidad y llevarlos loma arriba, donde se dormía con el machete en la mano por si sucedía un ataque imprevisto, para mantenerlos a salvo.

Pero no confiado en la protección que pudiera brindarle a su mujer e hijo, José sorteó los enrevesados caminos del lomerío y, auxiliado por sus camaradas, trasladó la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre de su casa hacia el interior de una cueva. Ahí le encomendó el amparo de todos.

Las velas encendidas por los mambises a los pies de la Patrona alumbraron aquella gruta que se convirtió en el templo más primitivo de todos, donde no valieron sermones ni doctrinas, solo la fe nacida del corazón hacia la Madre de los cubanos, cuyo nombre pronunciaron los trinitarios antes de cargar al machete como lo hizo Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Antonio Maceo, entre otros patriotas durante la Guerra de los Diez Años.

A los pies de esa imagen-literalmente-, dentro de la cueva, Antonia dio a luz a la criatura que dormía en su vientre antes de dirigirse a la manigua. La llamaron Estrella de la Libertad. Fue la primera hija hembra del matrimonio, nacida del coraje de su madre y los rezos a la Virgen, lejos de todo contacto con la civilización o partera alguna.

Solo cuando terminó la beligerancia hispano-cubana Estrella vislumbró otra realidad fuera del verdor de las palmas junto a sus padres y hermano mayor, los sobrevivientes de la tropa caminaron otra vez por las calles trinitarias y la hornacina salió de la caverna para permanecer en el cuarto, otrora habitación de la niña Estrella, donde perdura hasta nuestros días.

Quizá por salir ileso de tantos combates, porque la Caridad defendió de todo mal a los suyos, o por esos misterios insondables de la fe, el Teniente Coronel le ofreció cada siete de septiembre, vísperas del día de la Patrona de Cuba, memorables veladas culturales.

Cada año la imagen abandonaba su urna de madera y cristal para posesionarse en un altar edificado por José solo para ella. Alrededor del monumento rezaban, hacían o pagaban promesas; los trovadores de la ciudad como Isabel Béquer, La Profunda, cantaban con su guitarra, los poetas regalaban versos… hasta el alba del día ocho.

Téllez mantuvo la tradición hasta 1946, cuando falleció ciego a causa de la diabetes, rodeado del cariño de sus nueve hijos, los cuales heredaron el ritual y lo legaron a las generaciones venideras.

Por eso el bisnieto del Teniente Coronel limpia los candelabros, guardabrisas; encarga flores… a pocos días para celebrar cuatro siglos del hallazgo de la Virgen Mambisa en la Bahía de Nipe.

Otro año más la morada abrirá las puertas como en tiempos del mambí, hijo raigal de esta villa, figura trascendente si hablamos de historia local, cuya existencia desconocen las nuevas generaciones de trinitarios. De él sobreviven retratos, el uniforme, el silbato de guerra, la jícara que usara en la manigua, entre otros objetos donados por sus hijos al Museo Municipal de Historia.   

Nadie sabe y su espíritu asome por una ventana o los muros de la casa este siete de septiembre, sonría feliz mientras contempla la imagen ante la cual nació su primera hija y vea el fruto de una semilla sembrada siglos atrás, cuando su bisnieto tome el rosario a las doce en punto y rece una Salve a la Patrona de Cuba.