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Solo prefiero despertar

Solo prefiero despertar“Seamos un tilín mejores y mucho menos egoístas”/Silvio Rodríguez 

Albergo un sinfín de experiencias para esperar el año nuevo. De niño lo disfrutaba hasta el cansancio con las fiestas en la terraza de mi casa, donde confluían amigos, conocidos de los amigos, familiares y hasta algún extraviado para esperar las doce.

 A las puertas del nuevo mileno hicimos una fiesta de disfraces, memorable competencia donde cada quien encarnó un personaje distinto. Rumberas, árabes, piratas, duendes, bebés, chinos, emperadores romanos, reinas africanas… invadieron aquel escenario improvisado en la terraza, en medio de los materiales de construcción arrinconados para terminar de construir la última habitación de mi casa, en los primeros días de enero.  

Ni la vecina escapó al concurso y a sus 70 años encarnó a una quinceañera- ramo de orquídeas en mano incluido- para intentar ocupar uno de los primeros puestos con su respectivo regalo. Mi abuelo, en calidad de alcalde de un pueblo inexistente, se erigió como el juez del certamen.  Al final, mi primo obtuvo el máximo galardón con el personaje de Juanita Alcantarilla, una mujerzuela de labios rojos, tacones altos, vestida con lentejuelas plateadas que en plena competencia “sedujo” al magistrado para garantizar el triunfo.

Décadas más tarde las fiestas dieron paso a tertulias acompañadas de música. Ya no se cocinaban las exuberantes cantidades de comida, muchos de quienes nos acompañaban siempre fallecieron; otros envejecieron, no bailaban tanto como antes, pero esperábamos la hora cero para brindar en aquella especie de club familiar.

Después encontramos en las ofertas de los restaurantes la opción perfecta para celebrar. La comida estaba hecha, no había que ocuparse del proceso de fregado ni de la limpieza del día posterior para limpiar la terraza o la sala de la resaca del festín.

Mas, en ese afán del eterno retorno, como diría el poeta, despedimos el 2012 otra vez en la saleta de casa, como en tiempos de antaño.

Paralelo a mi crecimiento, ha espigado también la pasividad respecto a las fiestas del 31 de diciembre, acaso porque los asuntos de la noche anterior todavía quedan pendientes en el tintero y no vislumbro en la primera alborada el famoso “borrón y cuenta nueva”.

¡Cuántos cubos de agua he “tirado”a las doce en plena calle! ¡Cuántas cuadras he caminado con maletas, mochilas, jabas de guano, de nylon… en mano para ver si por fin logro conocer las pirámides de Egipto o la Catedral de la Sagrada Familia, de Gaudí! Aun cuando busque el agua en Playa Pilar-una de las más bellas de Cuba- o salga con una bolsa Dolce and Gabbana, ni siquiera percibo la sombra de la llegada del amor vaticinado por los astros.

El primer amanecer del pasado enero me sorprendió en el hospital. Gracias a la negligencia de un chofer, dos de las personas con quienes nos reuniríamos para celebrar terminaron encamados en la sala de emergencias. Las felicitaciones llegaron entre el característico olor a medicinas y nos abrazamos por estar vivos, a pesar de la tragedia.

Mi único ritual de inicio de año consiste en abrir los ojos, estar en casa con mis padres, mi abuelo. Ya no escribo en una cuartilla vacía las metas a alcanzar a largo plazo porque la vida da muchas sorpresas, como dice el puertorriqueño Rubén Blades en la canción “Pedro Navaja”. Algunas oportunidades aparecen de manera inusitada; otras no llegan, por mucho desearlas.

Aunque, pensándolo bien, si el solsticio de invierno acaecido hace apenas unos días-un suceso que ha engordado los bolsillos de no pocos dueños de medios de comunicación, a juzgar por todo el revuelo en torno al supuesto fin del mundo- marcó el inicio de una nueva era… Entonces, ¿este año no correré cada domingo cuando llegue a Santa Clara para montarme en el superbús hasta la Universidad? ¿Los choferes del ómnibus Yutong no torturarán más a los pasajeros con reguetón en los viajes? ¿Wordpress me dejará programar las entradas del blog sin angustias?  

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La certidumbre de la espera

Juro que esta historia es real, por ilusoria que parezca.

No sé por qué, pero cuando reparé en ella me envolvió la serenidad de su rostro, la transparencia de su mirada y la dulzura de su voz.

Rondaba los 75 años. Parecía una abuelita de los cuentos infantiles, de esas sentadas al calor de la estufa, dispuestas a contar historias irreales a sus nietos mientras acaricia un gato dormido en sus rodillas. Libre de atavíos que pudieran ridiculizarla, vestía una blusa color mamoncillo, saya carmelita y zapatos cerrados; el color rosa pálido cubría los labios y el estilo de los años ´20 moldeaba el pelo canoso.

Su boletín señalaba el asiento doce, paralelo al mío; se dirigía rumbo a Trinidad y sobre las piernas llevaba una cartera de asas plásticas con cuerpo de tela. Nada más conocía fuera de esos datos intrascendentes, pero no podía evitar contemplar el  brillo de su mirada, puesta en la carretera.

Durante las tres horas de viaje exprimí mis neuronas hasta el agotamiento, en busca de una razón lógica para comprender por qué me conmovía aquella anciana nunca antes vista. Nada funcionó.

La Yutong llegaba a la Terminal de Ómnibus de la ciudad. Ella retocó el rosa pálido, peinó otra vez sus canas y caminó despacio hacia la puerta, antes que la guagua aparcara.

Dirigí mi mirada a lo lejos y advertí a un  señor de camisa a cuadros, entrado en años, como ella, ubicado justo donde el vehículo apagaría los motores.

Solo entonces empezó a desenredarse la madeja de ideas en mi pensamiento y entendí que la luz en las pupilas la provocaba la certidumbre de saber que, fuera de la guagua, alguien la esperaba.  

La puerta de la Yutong cedió. Ella bajó despacio por la escalera, tocó tierra firme y, con la lentitud de los años, ambos caminaron hasta encontrarse. Se abrazaron, se besaron en la mejilla, no como lo hacen primos o hermanos lejanos, sino con la pasión de quienes comparten su existencia desde hace mucho tiempo.

No pude confirmar si eran casados. Tampoco era preciso: solo del amor cultivado con el paso de los años podía dibujar aquella escena garciamarquiana.

La gente se agolpaba en el pasillo central de la guagua, recogía su equipaje, abandonaba la estación sin reparar en la versión humana de Florentino Ariza y Fermina Daza ante sus ojos.

Desde el cristal de la ventana recordé los 64 años del matrimonio de mis bisabuelos maternos-sin incluir tiempo de noviazgo-, quienes murieron mucho antes de yo nacer, pero las anécdotas familiares me permitieron conocerlos al dedillo. Al calor de los recuerdos mi piel se arrugaba, seducido, al mismo tiempo, por la ternura de esos ancianos cuyo nombre, pasado, secretos… desconozco y, quizá, nunca más los vuelva a ver.