A salvo

a-salvoHappy birthday to my mum…

Que la vida no vaya más allá de tus brazos. / Que yo pueda caber con mi verso en tus brazos, / que tus brazos me ciñan entera y temblorosa / sin que afuera se queden ni mi sol ni mi sombra…

No existe lugar más seguro en este mundo que sus brazos. Esos brazos que pueden ser puente y refugio, volcán y fusta, regaños y consejos… puerto seguro, siempre.

Los brazos de fisonomía gallega, que el tiempo comienza a estrujar, y con los que juego cuando nos sentamos a la mesa. Los brazos que descubren mis temores con solo rozarme la piel. Los brazos que me dibujaban sombras para calmar mi ansiedad.

Que me sean tus brazos horizonte y camino, / camino breve y único horizonte de carne: / que la vida no vaya más allá…(…)

 Como la mamá gallina de los cuentos de hadas, espera con los brazos abiertos para mí y mis amigos, para todos. Todo empieza y termina allí, donde siempre me sentiré a salvo, aunque ya no sea un niño.

A pocos minutos de la medianoche, este martes, antes de que el calendario le marcara 54 noviembres, lo primero que hice fue abrazar a mi mamá.

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Eventos pa´ marcar tarjeta

Eventos pa´ marcar tarjetaAlgunos eventos de carácter municipal en Cuba deberían desaparecer de cuajo. Sería mejor, incluso, recordarlos por los bríos que algún día tuvieron y no como el dolor de cabeza que a ratos supone para los investigadores.

Que si no hay hojas, que si no hay impresora; que si la computadora se rompió; que si no importa nada de lo anterior y el informe final debe entregarse en formato digital, como las instituciones mandan… resultan apenas un esbozo de las penurias del calvario de la desmotivación de no pocos eruditos pertenecientes a las respectivas direcciones municipales de cultura; el mismo calvario que los lleva a erigir esa suerte de filosofía de “eventos pa´ marcar tarjeta”.

Ahí están, intentando encontrarle la quinta pata al tema exprimido al límite, disertando ante el mismo auditorio, tal vez ante el mismo jurado, “marcando la tarjeta, para que esta cosa (evento es una palabra que le queda grande) no se muera, o no llegue al funeral porque muerto, lo que se dice muerto, ya está”.

Los certámenes otrora panacea del debate acalorado simulan, más bien, una reunión de amigos entrañables, el pretexto para reencontrarse y actualizarse de los chismes pendientes, el remedio para esquivar la jornada laboral, el oasis ante la monotonía detrás del buró.

Pocos, muy pocos, se empeñan en descubrir el agua tibia cuando asoma la convocatoria de la nueva edición del taller de investigación municipal X; un taller que, por cierto, no cuenta con una merienda de bajo costo, ni siquiera con un libro de páginas amarillentas para los ganadores. De hecho, en el taller X no hay ganadores, o mejor dicho: todos son ganadores porque la escasez de recursos o la falta de presupuesto, como quiera llamarse, no alcanza para conseguir el libro de hojas dobladas en las esquinas.

Ahora, si el evento fuera internacional…, otro gallo cantaría. Mas, en ese primer escalón que es el de la historia local, el gallo que canta es bastante desafinado, si es que canta.

De modo que nadie debe escandalizarse por la dejadez con que no pocos asumen esta “tarea”. A fin de cuentas de eso de trata: de una tarea en el plan de trabajo, un punto más a cumplir en el mare magnum de las indicaciones de “arriba”.

Si no tienes hojas, invéntalas; si no hay impresora, invéntalas… Plántate delante de una computadora la noche anterior, cambia la presentación al power point para que piensen que es nuevo, llueve sobre lo mojado por enésima vez… Recuerda: lo importante es cumplir.

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Invierno

inviernoMe acosté con esperanzas y me levanté conmocionado, al igual que medio mundo. Allá, en las mismas entrañas, ellas amanecieron de luto, al igual que medio mundo.

Aquí. Allá. No pocos tienen el credo en la boca. Y eso de “quedarse sin palabras”, por un instante, no fue metáfora. Las palabras desaparecieron. Solo silencio. Silencio que da paso a la resignación.

Ojalá tuviera yo la capacidad de una vecina cercana, cuyo universo se resume a aprovechar el alza turística de diciembre, garantizar el cupo total de las habitaciones y pagar la patente para vivir un poco mejor.

Mas, yo no dejo de pensar en el invierno a las puertas; el invierno que puede traer pesadillas si el que ha sido electo para gobernar desde la Casa Blanca no abraza la cordura.

Consciente de cuán ajeno estoy de apuntalar un discurso cinco estrellas en cuestiones políticas, me limito a rezar y esperar.

Esperar. Rezar… para que Donald Trump no nos haga volver al punto de partida, a las barricadas infértiles; para convencerme que la idea fija de que “winter in coming” es solo un espejismo, una secuela por la obsesión a Game of Thrones.

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Tiempo único

Tiempo ÚnicoEl cambio de horario revolucionaba el vecindario con la misma algazara que una noticia de último minuto. “Oye, acuérdate que el sábado cambian la hora”. El comentario viajaba de boca en boca. Hay hasta quien recuerda a la mujer que asociaba el fenómeno con cuestiones culinarias y cocinaba más temprano de lo habitual.

La noche anterior al día cero, cada familia movía las manecillas. Mas, nunca sucedió así en la vivienda 223 de la calle Mercedes, en Trinidad.

Con la misma vehemencia con que labró su futuro y el de su esposa, don Pedro, aquel hombre enjuto que nunca conoció otro abolengo que no fuera la decencia y el trabajo, sostenía a pie juntillas que el tiempo era único; por tanto, no había que caer en ese invento, cuyo único fin “era el de ahorrar electricidad”.

De modo que ni el reloj de la saleta ni el de la cocina conocieron jamás de otro movimiento de agujas que no fuera el asociado a devolverle la puntualidad cuando les daban cuerda. Lo contrario era considerado, mínimo, un sacrilegio de marca mayor.

Ya fuera horario de verano o de invierno los horarios de don Pedro resultaban un credo inviolable. De pie al filo de las 5:00 am, almorzar a las 11:00 am, dormir la siesta, comer a las 5:00 pm, esperar a que su esposa regresara de la misa de las 6:00 pm, acostarse a dormir.

“El tiempo es uno solo”, repitió hasta el último de sus amaneceres… Y el resabio habitó entre la madera tallada, los números romanos y el péndulo del reloj cuya procedencia todavía se desconoce porque a pocos años de la muerte de don Pedro, la máquina se detuvo para siempre.

Entronizado de cara al jardín de casa, cerca del verdor de las plantas (otra de las aficiones de don Pedro), el reloj (o lo que ha sobrevivido de él) muestra su corazón al descubierto. El péndulo no está. Solo quedan la esfera, el minutero y el horario, ubicados a exprofeso en las 5:45, la hora en decidí venir a este mundo, contraviniendo toda indicación de mi bisabuelo y su teoría del tiempo único.

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Aires de octubre

Aires de octubreEl viento alborotaba todo. La polvareda de la calle manchaba la camisa del uniforme y me convertía en lo más parecido a un vagabundo después de revolcarse en un lodazal, o al menos así le escuchaba decir a Galinka. Las hojas secas, las colillas de cigarro desperdigadas en la calle y algún papel extraviado conformaban un torbellino efímero e infeliz. Era lo más parecido al otoño dibujado en los cuadernos escolares.

Papalotes, chiringas, bolsitas de nailon amarradas por las asas cruzaban el cielo hasta tanto no aterrizaran forzosamente en los techos y los árboles de los jardines. Había que bañarse temprano o, mejor aún, sustituir el baño por un “lavadito de pito”.

El viento alborotaba todo, hasta el ritmo de la casa. Los abrigos salían del fondo del escaparate para ponerlos al sol y quitarles el moho acumulado, las manchas amarillentas que el jabón Candado tenía la responsabilidad ineludible de borrar. Cada pieza se analizaba con lupa por si las cucarachas habían hecho travesuras.

Octubre marcaba el otoño cubano; un otoño que, al menos dos años atrás, parecía una imagen en sepia a juzgar por el calor constante. No había papalotes o chiringas, ni abrigos puestos al sol, ni la ilusión de colgarse bufandas al cuello al más fino estilo parisino.

Los designios del año bisiesto, sin embargo, trajeron al viento de regreso, y a los papalotes y a las chiringas. Así dicen los viejos por la calle. Los abrigos ya están puestos al sol. La brisa se cuela por cuanto resquicio encuentre. La tarde es más romántica. Octubre vuelve a como los de mi infancia, cuando los aires eran una señal de lo que hoy, en el argot de Juego de Tronos, se traduciría como “winter is coming”…

El viento alborotaba todo. El viento ha vuelto a alborotarlo todo.

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La guayaba, el jarro y el CUC

la-guayaba-el-jarro-y-el-cuc“No, no, no, tú no me has entendido: este jarro de guayabas vale 1 CUC”, me dijo con una sonrisa de oreja a oreja el vendedor en la puerta de mi casa.

En Trinidad, la mayoría de los comerciantes callejeros lo convierten todo en CUC (el equivalente al dólar en Cuba); una sabia estrategia para contribuir a la salud cardiaca de la población. De lo contrario, las camas del Cuerpo de Guardia del hospital municipal no darían abasto. Es menos traumático escuchar: “esto vale 1 CUC” que no “esto vale 25 pesos cubanos”.

Minutos antes, el hombre abría la boca de la jaba de nailon para mostrarme las frutas rosaditas, apetitosas… Yo, en mi bobería matutina o mi despiste habitual, aún no lo tengo claro, pensaba se refería al monto del paquete entero.

Vaya sorpresa cuando el compañero mostró, de la nada, ¡taratatán…! un jarro abollado que, según él, era de cinco libras, pero más bien parecía de tres por la cantidad de golpes acumulados; era como un mago de bajo costo: en vez de sacar ases bajo la manga o palomas del sombrero, tenía un recipiente escondido sabe Dios dónde.

“Aguántame ahí, niño”, dijo mientras llenaba la barriga de la vasija con ocho guayabas maduras y pintonas. Ocho guayaba, señores. Ni más ni menos.

“Bueno, estas guayabas deben cultivarse en el mismísimo Jardín del Edén, tener propiedades regenerativas o estar en el top seven de las Maravillas de las Frutas Contemporáneas, ¿no?”, le dije con la esperanza de que el tipo entendiera mi sarcasmo, pero nada logró sacarlo del estribillo de “1 CUC”.

Horas más tarde, de recorrido por las vendutas particulares, constataba que las leyes del mercadeo popular cubano reserva los términos de libras, onzas u otra unidad de medida reconocida a nivel internacional para determinados productos. El resto, se comercializa a través de “el jarrito” “el cubito” “el potecito”. ¡Ay, Nestlé, si supieras cuánto has beneficiado a los vendedores de esta isla!

Un jarrito con tres o cuatro limones: 5 pesos; un potecito con ajíes: 5 pesos. Un jarro (grande) de guayabas… bueno, ya saben la respuesta. A este paso no me extrañaría encontrar “un jarrito con carne de cerdo” en un futuro no muy lejano.

El único consuelo fue ver a mi familia disfrutar los casquitos de guayabas durante el postre y escuchar a mi abuelo disertar acerca de los años en que se despachaba en cartuchos, desaparecidos de las bodegas sin boleto de regreso; del respeto al cliente, de las leyes de protección a los compradores. Mas, hoy en la calle no más ley que la de sobrevivir.

Al anochecer, cuando pensaba estar curado del berrinche, cuando ya no me importaba saber cuántas veces al mes el cubano de a pie puede darse el lujo de comprar guayabas con semejantes precios; cuando la sonrisa del vendedor empezaba a desdibujarse…, una supuesta especialista en belleza en un programa de la Televisión Cubana, cuyo nombre no quiero acordarme, aconsejaba con una tranquilidad espantosa: “y para este remedio lo mejor es aplicar trozos de guayaba, muy conocida por todos, muy fácil de encontrar y muy asequible a la población”.

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