Entre el periodismo y el arrendamiento

Sé hacer tres cosas en mi vida, medianamente hablando: hablar inglés, rentar habitaciones para extranjeros y ser periodista.

Lo primero se lo debo a Carlos Enrique y Galinka, que le robaron dos horas a mis lunes y miércoles desde séptimo grado, y durante casi seis años, para aprender más allá de “Tom is a boy” o la canción del abecedario que nos enseñaban en la escuela.

Con lo segundo hemos sobrevivido en casa por más de dos décadas, cuando los turistas desembarcaron en Trinidad, por aquel entonces un polo turístico en ciernes en el vientre de Cuba. De los medios de comunicación, domino, al menos lo básico, las técnicas imprescindibles para asumir una cobertura. Algo, mucho o poco, debe fijarse en la memoria después de cinco años de estudio y más de dos en la vida laboral.

De mis limitadas aptitudes, el inglés es la única capaz de acomodarse. Las otras dos no es que resulten incompatibles, pero no comulgan en el equilibrio tiempo-salario.

¿Periodismo o arrendamiento? es la pregunta que ronda sin pretender convertirse en drama; la pregunta  que me remonta a las noches leyendo a Canclini con sus teorías de la comunicación o aprendiendo con pinzas los preceptos elementales de la Economía Política del Socialismo. Y me obligo a creer que ha valido la pena, aun cuando percibo un paisaje donde se le siembran barreras a las palabras.

Que levante la mano el cubano de a pie que puede  sufragar, mínimo, los gastos esenciales del mes, únicamente con el sueldo.

De negociante tengo lo de apasionado a los deportes; o sea, nada. De modo que vuelve la letanía: rentar habitaciones o ser periodista; ser un periodista a tiempo parcial que renta habitaciones; rentar habitaciones para vivir y ser periodista por placer…

Me devano los sesos para conseguir el balance de la ecuación, pero el día no tiene más de 24 horas. A todo reventar, lo más feliz que logro es aprovechar el silencio de la noche, cuando los turistas no están o duermen, escuchar música en inglés, servirme una copa de vino, abrir la hoja digital y empezar a escribir esta catarsis que quiero asociar, a la fuerza, con algún género periodístico.

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Aguas prohibidas

Aguas prohibidasLa muchacha que a ratos desanda el puente de Brooklyn no puede conocer el fondo del mar del país donde nació. Ella, que le bastaba una bicicleta para llegarse a la costa; que despertaba y dormía con el olor a salitre en el cuerpo; que mataperreaba en aquel pueblito de pescadores, le cuesta aceptar que, con más de tres décadas en las costillas, las profundidades del mar que tanto veneró —y todavía venera— aun le resultan ajenas.

“No se puede, eso es solo para turistas”, le explican. Comenta de su carnet de buzo, de cómo se ha sumergido en otras aguas y las deidades del océano le han mostrado las maravillas escondidas allá, donde dicen habitan las sirenas. Mas, pese a los tesoros descubiertos, ese mar siempre le será forastero.

Intenta de nuevo, pero es en vano. “No se puede, es solo para turistas.”, le repiten. El aval que la califica no tiene más peso que la ley que le pone límites al mar de su isla.

Inevitablemente, desvía la mirada hacia los tanques de oxígeno, al equipamiento amontonado en el rincón. Se resigna. Camina hacia la orilla para que el oleaje le acaricie los pies. “Y saber que uno está aquí, a casi nada para perderse mar adentro y ver el arrecife. Mi arrecife”, suspira.

Porque las olas y la arena también cuecen sus esencias, en el itinerario de su agenda vacacionista está, como una constante, el viaje a la playa. Su playa. Y a ratos los ojos se le pierden en el horizonte, fabulando con los secretos que yacen en el fondo del mar. Su mar.

La muchacha que desanda el puente de Brooklyn tiene las aguas de sus nostalgias presas en el teléfono celular. A ratos vuelve a perderse en las imágenes de la espuma, del sol besando el infinito, de la gaviota surcando el atardecer… y se aferra al día en que se perderá en los predios de Yemayá, la verdadera dueña y señora de los mares del país donde nació.

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Barbaridades bárbaras V

barbaridades-barbaras-vEsta recopilación ha demorado un poco más que las anteriores. No es que la gente haya aprendido a hablar mejor, sino que el equipo caza-gazapos  ha sufrido las consecuencias del pluriempleo de algunos integrantes, cuestión que ha provocado falta de rapidez en la pesquisa.

A quienes se estrenan en las Barbaridades bárbaras de Isla nuestra de cada día, les dejo el enlace de ediciones anteriores para que se familiaricen con el proceso. A los amigos habituales, les presento el nuevo volumen, recién sacadito del horno…

Barbaridades bárbaras V

  • “La gente de esa empresa está nerviosa porque a partir de la semana que viene los van a empezar a aditar”. (auditar)
  • “Más que volver a reparar los tubos de las calles, lo que tienen que hacer es acabar de construir un nuevo aguaducto para Trinidad”. (acueducto)
  • “Compadre, tú estás más cerrero que el caballo de Tila”. (caballo de Atila).
  • “Yo no veo novelas porque todas son mentiras, les falta creabilidad”. (credibilidad)
  • “¡Imagínate tú, a mi niña le han mandado a hacer en la escuela una comparancia entre Mayas, Aztecas e Incas!”. (comparación)
  • “Deja que los niños se dilelten con los muñequitos”. (deleiten)
  • “Hace como una hora, todos los vecinos salieron cuando la embulancia paró en casa de Fulano”. (ambulancia)
  • “Yo no me canso de decirlo: el sistema de encantarillado de aquí es pésimo, pésimo”. (alcantarillado)
  • “A ese hombre hay que hacerle un morumento”. (monumento)
  • “Mira, mi cielo, te lo voy a repetir otra vez para que te quede claro: yo no sé quién octorizó ese documento”. (autorizó)
  • “Yo he visto que en otros países todo eso se hace soterado”. (soterrado)
  • “Repíteme bien claro cuál es tu segundo pallido, niño, que no lo entendí”. (apellido)

NOTA: Yo usted, andaría con cautela al hablar… puede terminar formando parte del próximo tomo de Barbaridades bárbaras. ¡Feliz semana!

TOMOS ANTERIORES

Barbaridades bárbaras

Barbaridades bárbaras II

Barbaridades bárbaras III

Barbaridades bárbaras IV

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Isabel

isabelAunque pudieron llamarla Caridad, la bautizaron con el nombre de Isabel. Por estas fechas, muchos años atrás, permanecía delante del altar que cada septiembre le erigía a la Patrona de Cuba en pago a la promesa hecha a la Santa por interceder a favor de la salud de una de sus hijas.

Blanco y azul eran, religiosamente, los colores reservados para el noveno mes del año, algo curioso porque en aquel entonces no existía la arraigada costumbre de vestirse de amarillo en honor a la madre de todos los cubanos, resultado de la mezcla del catolicismo con la religión yoruba en esa suerte de dualidad Virgen de la Caridad-Ochún.

Apenas asomaba septiembre y todas las hijas recibían la encomienda de comprar papeles para forrar las botellas, que luego engalanarían el monumento coronado con la imagen cuya procedencia nadie recuerda ya, pero la acompañó hasta el último de sus amaneceres.

A los pies de María del Cobre, Isabel rogó por la protección del hombre que amó toda su vida, la salud de sus seis hijas… y dicen que desde entonces rezó para que las generaciones venideras de la familia estuvieran bajo el amparo y cobijo de la Virgen Mambisa.

Tal vez de ella heredé esta devoción que me arde en las venas cuando llega septiembre. Tal vez por ella me emociono y lloro cada año…

Aunque pudo llamarse Caridad, la bautizaron con el nombre de Isabel. Pero la caridad fue el dogma que siempre abrazó la bisabuela materna que nunca conocí, pero desde el cielo me protege.

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Manos para reconstruir

Manos para reconstruirDurante tres meses y 10 días que duró la reparación de mi casa las manos de nuestros amigos terminaron embarradas de pintura de aceite, cemento y arena; sueño —¿acaso delirio?— que mantuvo en vilo a Carlos Enrique y Galinka durante 22 años desde aquel noviembre de la década del 90 en que los camiones de mudanza depositaron las cajas repletas de tarecos en aquella vivienda que mi bisabuela dejó a mi padre como único legado.

Periodísticamente, quizás, una imagen de la renovación ilustraría mejor este post que no esta de mis dedos larguiruchos, pero sería más vanidad que gratitud.

Sin todas las manos que se dejaron la piel mañana, tarde, noche y madrugada (hubo días de acostarnos pasadas las 4:30 am) hoy no sería posible contemplar los techos de tejas criollas al atardecer desde la terraza, tomarse un café en el jardín, tertuliar en la recuperada saleta como fue en el principio de los tiempos o sentarnos a la mesa en la cocina que renació después de casi medio siglo de ausencia.

Nada hubiese sido posible sin las manos de quienes acuñaron la intervención, del arquitecto delante de la pantalla concibiendo el proyecto, de los gestores bancarios que aprobaron el mare magnum de papeles para otorgarnos el crédito…

Y nada hubiese sido posible sin los amigos, los de dentro y los de fuera, los que a diario escribían para dar ánimos y estar al tanto del proceso, los que se alegraron con nosotros a través de la redes, los que nos salvaron de los imprevistos y las tristezas paralelas con las que debimos lidiar, los que asumieron este sueño como propio y se pusieron en camino para localizar materiales en los más variopintos parajes de Cuba, sin tener por qué.

Cuando vi al padre Cirilo, el párroco del pueblo, bendiciendo la casa; cuando vi el chaparrón que cayó esa tarde (he ahí las manos de los amigos que ya no están, pero igual sonrieron desde otra dimensión), comprobé que todavía vale la pena soñar.

Más allá del fatuo vanaglorio que pudiera consumirme después de semejante odisea, digna —¿por qué no?— de los libros de historia (acontecimientos más insulsos se han reseñado para la posteridad), se me antoja escribir de las manos y los amigos.

A fin de cuentas, es verdad lo que un compositor cubano esbozó: “Menos mal, los amigos siempre vienen al rescate (…), los amigos traen escudos pa´salvarte y al final, se levantan como único estandarte”.

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Volverán las oscuras golondrinas

Volverán las oscuras golondrinas“Dios mío, ten piedad y misericordia de nosotros”, intento consolarme para no caer en la desesperación.

Que si estamos a las puertas de un nuevo Período Especial; que si no sé quién nos debe petróleo; que si nosotros le debemos más a otro no sé quién; que si vuelven los apagones…

Algo se venía cocinando. Lo vaticinaron los profetas callejeros hace meses, cuando vieron desaparecer ciertos productos de las tiendas recaudadoras de divisa hasta el sol de hoy, cuando a plena madrugada se cortó el servicio eléctrico. Las recientes reuniones del parlamento cubano lo confirmaron días atrás, cuyas declaraciones oficiales han sido el tema principal de las conversaciones de acera.

Aquellos días apagados de los ´90, admito, los conozco gracias a las anécdotas de la familia, libres de hipérboles y mistificaciones populares, y también gracias a algunas estampas que conservo de la niñez, varios años más tarde. Buena memoria, le llaman.

Tampoco soy tan ingenuo para creer que ahora será un “copy and paste” de esos años. El cubano de los ´90, que vivía en una burbuja y con una ceguera casi bíblica, no es el cubano de hoy. Demasiado ha llovido desde entonces. Demasiado nos hemos despabilado.

Pero tampoco creo a pie juntillas que los recortes de combustible y otras estrategias dirigidas al sector institucional mantendrán inmunes al ciudadano de a pie. Incertidumbre, le dicen.

De nuevo los frijoles se cocinan la noche anterior “por si las moscas”; de nuevo se echa mano a cuanto se pueda para tener algo de reserva en la casa “por si las moscas”; de nuevo las velas encabezan la lista de los artículos de primera necesidad “por si las moscas”. No lo digo por decir: lo veo, lo vivo.

“Ya lo escribió Gustavo Adolfo Bécquer: volverán las oscuras golondrinas”, me dijo ayer un buen amigo de alta cultura, como si el verso describiera los días por venir. Chiste aparte, creo que poner la frase entre signos de interrogación no vendría mal, al menos para consolarnos con el beneficio de la duda.

Lo único que me pregunto, y declarando mi casi analfabetismo en asuntos económicos, es cómo ante semejante panorama el producto interno bruto de Cuba, según los líderes, crece, señores, crece.

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