Algodón de azúcar

algodon-de-azucarLo admito: me babeo con el algodón de azúcar. No los grandotes, incluso coloreados, que a ratos aparecen en series o películas, sino los que venden en la Semana de la Cultura, los carnavales u otro acontecimiento similar en Cuba (a fin de cuentas solo cambia el nombre, porque el denominador común resulta la política de pan y circo).

Basta un motor viejo, un redondel metálico alrededor (donde se pegan los “hilos blancos”), una armazón para levantar del suelo la rústica maquinaria y un cable largo para enchufarlo al poste de electricidad más cercano para fabricar las nubes dulces pegadas a una varilla de río.

Cuando era niño, a veces los vendedores no tenían la varilla y te embarrabas las manos de almíbar. Niño al fin, cuando terminada de comer, iba directico a limpiarme en la ropa; proceso interrumpido por los gritos de mami con su típico: ¡Oyeeeeee, ni se te ocurra, que tú no lavas, papito! ¿Tú no querías algodón? ¡Pues coge algodón!

El algodón de azúcar también ha salvado los bolsillos cubanos. Para nada es el negocio de las grandes fortunas, pero sí una alternativa ante las urgencias cotidianas.

Bien lo sabe Migdalia, cuarentona natural de Amancio, Las Tunas, quien conoce al dedillo el cronograma  de casi todas fiestas (vamos a darle un margen de error) y/o celebraciones pueblerinas del país.

“Me alquilo con dos o tres personas que tienen el negocio de castillos inflables o algún aparato (dícese a la versión Made in Cuba de los objetos similares a los de un parque de diversiones que convierten determinada zona en un efímero sitio recreativo infantil durante el jolgorio). Allí, voy a dormir nada más. Como cualquier cosa: bocadito, pizzas. Yo vengo a trabajar”.

Migdalia vende al algodón a 3 pesos en moneda nacional. Según me explica, el precio responde al costo de la materia prima. Debe, además, asumir gastos de transporte y posterior traslado de su negocio ambulante, además del pago por el permiso de vender y el consumo de electricidad.

Con casi una década en la comercialización popular, a Migdalia no hay quien le haga un cuento de cómo lidiar con la escasez de recursos, ni con inspectores, ni con niños inconformes, ni con padres que le reclaman “échele un poquito más de algodón, mi tía, que son tres pesos”, ni con gente preguntona como yo.

Guajira, como dice ser, sin nada que ocultar, te cuenta su historia sin remilgos ni lamentaciones. “Gracias a esto, he levantado mi casa y mantengo a mis dos muchachos. A esta maquinita que tú ves aquí hay que hacerle un pedestal”.

Quiero saber de sus hijos, al cuidado de la abuela mientras dura la fiesta; quiero saber de sus sueños, de su oficio anterior a convertirse en vendedora, pero han aparecido niños que quieren comprar algodón. Migdalia tiene que trabajar.

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Cabañuelas

cabanuelas“La primera quincena de marzo será calurosa, de amaneceres grises y solo en las noches soplará un poco el viento”, anotaría Onelia en su libreta de predicciones si la vida no la hubiese arrancado de este mundo con tanta premura.

Fue una de las tantas herencias de los genes gallegos: el amor a la sopa, el respeto a los convencionalismos, las piernas regordetas… y el acto de aventurarse a predecir cada enero el comportamiento meteorológico a través de las cabañuelas, ese método adivinatorio que el padre trajo desde Santa María de Aguas Mansas, cuando el fragor de la Guerra Civil Española lo desarraigó para siempre de su lugar de origen.

Contemplar el aplomo del tercer día del año 2017 bastaría para hacerla correr hacia el libro donde registraba los acontecimientos trascendentales de la familia y entretejer esa suerte de profecía climatológica, carente de todo argumento científico.

Tal y como ocurría en aquellos días, aun por esta parte de Cuba se “llevan” las cabañuelas, y se defiende con vehemencia su efectividad, siempre imprecisa.

“No creas que es mentira —me confiesa con terquedad Lázara Puertas, una anciana de 75 años, vecina del barrio La Barranca, en Trinidad—. A mí me enseñó mi mamá, y a veces acertaba. Claro, como es una cosa aproximada, uno tienen el derecho a equivocarse”, insiste para justificar futuras incongruencias.

Como si fuera más experta que el Doctor José Rubiera —acaso el meteorólogo más famoso del país en estos momentos—, Lázara escribe en la libreta que le regaló la nieta sus profecías respecto al calor, el frío, las lluvias “aunque digan que son cosas de viejo”; e intenta explicarme con lujo de detalles el algoritmo para presagiar, pero yo me pierdo entre los entresijos de las idas y las vueltas; entre las horas y los meses.

Lázara, que solo ha visto del Departamento de Pronósticos del Instituto de Meteorología las transmisiones en vivo a propósito del paso de un huracán por la isla, le da igual que cada noche, durante la Emisión Estelar del Noticiero de la Televisión Cubana, informen sobre el comportamiento de las variables meteorológicas para las próximas horas.

Con empecinamiento se aferra a sus anotaciones, como lo hacía Onelia, mi abuela materna, en sus años mozos, convencida que las cabañuelas no mienten.

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A salvo

a-salvoHappy birthday to my mum…

Que la vida no vaya más allá de tus brazos. / Que yo pueda caber con mi verso en tus brazos, / que tus brazos me ciñan entera y temblorosa / sin que afuera se queden ni mi sol ni mi sombra…

No existe lugar más seguro en este mundo que sus brazos. Esos brazos que pueden ser puente y refugio, volcán y fusta, regaños y consejos… puerto seguro, siempre.

Los brazos de fisonomía gallega, que el tiempo comienza a estrujar, y con los que juego cuando nos sentamos a la mesa. Los brazos que descubren mis temores con solo rozarme la piel. Los brazos que me dibujaban sombras para calmar mi ansiedad.

Que me sean tus brazos horizonte y camino, / camino breve y único horizonte de carne: / que la vida no vaya más allá…(…)

 Como la mamá gallina de los cuentos de hadas, espera con los brazos abiertos para mí y mis amigos, para todos. Todo empieza y termina allí, donde siempre me sentiré a salvo, aunque ya no sea un niño.

A pocos minutos de la medianoche, este martes, antes de que el calendario le marcara 54 noviembres, lo primero que hice fue abrazar a mi mamá.

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Eventos pa´ marcar tarjeta

Eventos pa´ marcar tarjetaAlgunos eventos de carácter municipal en Cuba deberían desaparecer de cuajo. Sería mejor, incluso, recordarlos por los bríos que algún día tuvieron y no como el dolor de cabeza que a ratos supone para los investigadores.

Que si no hay hojas, que si no hay impresora; que si la computadora se rompió; que si no importa nada de lo anterior y el informe final debe entregarse en formato digital, como las instituciones mandan… resultan apenas un esbozo de las penurias del calvario de la desmotivación de no pocos eruditos pertenecientes a las respectivas direcciones municipales de cultura; el mismo calvario que los lleva a erigir esa suerte de filosofía de “eventos pa´ marcar tarjeta”.

Ahí están, intentando encontrarle la quinta pata al tema exprimido al límite, disertando ante el mismo auditorio, tal vez ante el mismo jurado, “marcando la tarjeta, para que esta cosa (evento es una palabra que le queda grande) no se muera, o no llegue al funeral porque muerto, lo que se dice muerto, ya está”.

Los certámenes otrora panacea del debate acalorado simulan, más bien, una reunión de amigos entrañables, el pretexto para reencontrarse y actualizarse de los chismes pendientes, el remedio para esquivar la jornada laboral, el oasis ante la monotonía detrás del buró.

Pocos, muy pocos, se empeñan en descubrir el agua tibia cuando asoma la convocatoria de la nueva edición del taller de investigación municipal X; un taller que, por cierto, no cuenta con una merienda de bajo costo, ni siquiera con un libro de páginas amarillentas para los ganadores. De hecho, en el taller X no hay ganadores, o mejor dicho: todos son ganadores porque la escasez de recursos o la falta de presupuesto, como quiera llamarse, no alcanza para conseguir el libro de hojas dobladas en las esquinas.

Ahora, si el evento fuera internacional…, otro gallo cantaría. Mas, en ese primer escalón que es el de la historia local, el gallo que canta es bastante desafinado, si es que canta.

De modo que nadie debe escandalizarse por la dejadez con que no pocos asumen esta “tarea”. A fin de cuentas de eso de trata: de una tarea en el plan de trabajo, un punto más a cumplir en el mare magnum de las indicaciones de “arriba”.

Si no tienes hojas, invéntalas; si no hay impresora, invéntalas… Plántate delante de una computadora la noche anterior, cambia la presentación al power point para que piensen que es nuevo, llueve sobre lo mojado por enésima vez… Recuerda: lo importante es cumplir.

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Invierno

inviernoMe acosté con esperanzas y me levanté conmocionado, al igual que medio mundo. Allá, en las mismas entrañas, ellas amanecieron de luto, al igual que medio mundo.

Aquí. Allá. No pocos tienen el credo en la boca. Y eso de “quedarse sin palabras”, por un instante, no fue metáfora. Las palabras desaparecieron. Solo silencio. Silencio que da paso a la resignación.

Ojalá tuviera yo la capacidad de una vecina cercana, cuyo universo se resume a aprovechar el alza turística de diciembre, garantizar el cupo total de las habitaciones y pagar la patente para vivir un poco mejor.

Mas, yo no dejo de pensar en el invierno a las puertas; el invierno que puede traer pesadillas si el que ha sido electo para gobernar desde la Casa Blanca no abraza la cordura.

Consciente de cuán ajeno estoy de apuntalar un discurso cinco estrellas en cuestiones políticas, me limito a rezar y esperar.

Esperar. Rezar… para que Donald Trump no nos haga volver al punto de partida, a las barricadas infértiles; para convencerme que la idea fija de que “winter in coming” es solo un espejismo, una secuela por la obsesión a Game of Thrones.

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Tiempo único

Tiempo ÚnicoEl cambio de horario revolucionaba el vecindario con la misma algazara que una noticia de último minuto. “Oye, acuérdate que el sábado cambian la hora”. El comentario viajaba de boca en boca. Hay hasta quien recuerda a la mujer que asociaba el fenómeno con cuestiones culinarias y cocinaba más temprano de lo habitual.

La noche anterior al día cero, cada familia movía las manecillas. Mas, nunca sucedió así en la vivienda 223 de la calle Mercedes, en Trinidad.

Con la misma vehemencia con que labró su futuro y el de su esposa, don Pedro, aquel hombre enjuto que nunca conoció otro abolengo que no fuera la decencia y el trabajo, sostenía a pie juntillas que el tiempo era único; por tanto, no había que caer en ese invento, cuyo único fin “era el de ahorrar electricidad”.

De modo que ni el reloj de la saleta ni el de la cocina conocieron jamás de otro movimiento de agujas que no fuera el asociado a devolverle la puntualidad cuando les daban cuerda. Lo contrario era considerado, mínimo, un sacrilegio de marca mayor.

Ya fuera horario de verano o de invierno los horarios de don Pedro resultaban un credo inviolable. De pie al filo de las 5:00 am, almorzar a las 11:00 am, dormir la siesta, comer a las 5:00 pm, esperar a que su esposa regresara de la misa de las 6:00 pm, acostarse a dormir.

“El tiempo es uno solo”, repitió hasta el último de sus amaneceres… Y el resabio habitó entre la madera tallada, los números romanos y el péndulo del reloj cuya procedencia todavía se desconoce porque a pocos años de la muerte de don Pedro, la máquina se detuvo para siempre.

Entronizado de cara al jardín de casa, cerca del verdor de las plantas (otra de las aficiones de don Pedro), el reloj (o lo que ha sobrevivido de él) muestra su corazón al descubierto. El péndulo no está. Solo quedan la esfera, el minutero y el horario, ubicados a exprofeso en las 5:45, la hora en decidí venir a este mundo, contraviniendo toda indicación de mi bisabuelo y su teoría del tiempo único.

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