Grafiti

Estaba en una ciudad ajena. El sol comenzaba a diluirse en el océano ante sus ojos, y que a él le servía de escenario para una sesión de fotografía.

En un momento de descanso, tuvo la idea de tomar imágenes de su sombra; recurso nada novedoso, pero al menos aliviaba el cansancio luego de horas presionando el obturador.

“Te amo”, leyó de repente. El grafiti laceraba la fortificación militar, una de las más famosas de Latinoamérica, según le contaron. Mas, en ese instante olvidó el apego a la salvaguarda del patrimonio y a sabiendas de que se trataba de un ejercicio de irrespeto a un exponente arquitectónico, quedó ensimismado por el romanticismo del mensaje.

El mar le trajo voces del pasado que cierta vez le susurraron esas mismas palabras. Le reprochó a la vida que las letras grabadas en el suelo árido no las escribieran para él.

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A pesar de los pesares

Te deslumbraban los medios de comunicación, era lo único que tenías claro. De ahí a estudiar Periodismo había un largo trecho. Aun así, te aventuraste a las pruebas de aptitud el 13 de marzo de 2008.

Un año más tarde, el niño mimado que eras descubrió la Universidad. La vida cambió. Tal vez quien cambió fuiste tú…

Meses después, el 4 de enero de 2009 para ser exactos, querías comerte el mundo en el salón de prensa de Escambray, esa suerte de templo profesional levantado en el centro de Cuba, donde confirmaste tu pasión por escribir.

Recuerdas al tutor que casi te sacó la bilis durante las prácticas pre-profesionales de televisión, del día cuando el maestro X te rebajó la nota porque no le gustaba tu forma de redactar, o al menos así lo manifestó. Pero también recuerdas las manos salvadoras ante los naufragios, las noches de insomnio, la defensa de la tesis —la única tesis, a saber, donde asistieron un cura y una monja porque ellos forman parte de tu vida—.

Conociste de Truman Capote  y Oriana Fallaci. Alucinaste con Günter Wallraff.  Has visto de todo: desde el que ordena silencio y esgrime un doble discurso a conveniencia hasta el reportero que se deja la piel en busca de la noticia. Encontraste a tus musas.

Hoy eres periodista y arrendador. El salario, sabes, constituye un estímulo simbólico por estos lares, y todo indica continuará así por los siglos de los siglos. Has estado en la palestra pública para bien o para mal; han intentado rebatir tus escritos con arengas triunfalistas que rozan lo in-creíble.

Sietemesino al fin, eres porfiado. Un día amaneces con melodías de soledades; otro, prefieres estar a prensa fría. Mas, siempre a la caza de historias que valga la pena contar, aunque no gusten en las altas esferas, aunque te tilden  de ñoño.

A fin de cuentas, lo dijo uno mil veces más grande que tú: “Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques, todo lo demás son relaciones públicas”.

Mañana la vida te puede deparar las más sorpresivas sorpresas, como dice un amigo, pero siempre volverás a la página donde viste tu nombre estampado en tinta por primera vez, recordarás que lo único que tenías claro al principio era el deslumbramiento por los medios de comunicación. Y, a pesar de los pesares, serás feliz.

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Solución

“Dibújame una vaca”, dijo sin saber las escasas virtudes que me acompañan en materia de artes plásticas.

Mis obras más decorosas (paisajes rurales, básicamente) se erigen a golpe de figuras geométricas. Semejante exceso de minimalismo da pena.

La casita trazada con un cuadrado, un triángulo a modo de techo, dos ventanas donde no cabe ni un gato recién nacido, árboles alrededor, el sol en una esquina y montañas al fondo. De vez en cuando, un manantial moribundo en la parte inferior de la hoja. De ahí no paso.

Él, en cambio, heredó el don de su padre y su madre. Con apenas 8 años juega con los colores y las formas. Recrea campos de fútbol, ciudades con rascacielos, invasiones extraterrestres; todo con la inocencia que le atañe, pero con la destreza de quien la vida premió con dotes artísticos.

“Te estoy haciendo una pintura para que lo guardes con el otro que te di”. Me enseña el jinete, el cerdito, los gallos y las palomas. “Pero me falta la vaca. No sé cómo se hace. ¿Por qué no me dibujas una vaca?”.

Intento explicarle que mi vaca puede parecer cualquier cosa menos una vaca. Para salvarme del trago amargo y ahorrarle la desilusión al niño, un amigo me aconsejó: “Si yo fuera tú, dibujo una caja y le digo que la vaca está adentro”…

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La última página

la última páginaUna de las cosas que más me gusta de las libretas, las agendas, los cuadernos y todo cuanto huela a papel para dejar anotaciones es la hoja final.

En ese pedazo de papel, a veces mutilado, suelen mezclarse las catarsis cotidianas con la sensación de perder el tiempo, los datos personales con los números de teléfono, los dotes de artistas que muchos creen tener con las cuitas amorosas, la práctica de la caligrafía con chistes o chismes… hasta conformar un cuadro tan variado, tan garabateado, exponente puro del abstraccionismo.

Puede que en la portada rece: Libreta de Matemáticas, Libreta de Español, Libreta de Filosofía, Agenda de Trabajo…El contenido de la última página, sin embargo, dista mucho del nombre oficial.

Nada más socorrido que ese folio vacío para lidiar con una reunión infértil (como suelen ser todas las reuniones), una clase aburrida… y empezar a hacer trazos, escribir un chiste para el compañero de al lado, practicar la caligrafía (repetir hasta el cansancio tu firma, básicamente), jugar a los ahorcados, a los ceritos y, si estás en plena adolescencia, con las neuronas hirviendo, dibujar el corazón atravesado con una flecha y la promesa de amor eterno de Fulanita y Menganito en el centro.

Si no quedara espacio, apretamos en la esquina el número telefónico que nos acaban de dar, la dirección de correo electrónico. Incluso, hay quienes se las dan de poetas y pintores, y comienzan a componer versos o concebir obras maestras ahí.

Tiempo después, encuentras un cajón repleto de libretas, cuyos códigos solo tú conoces, con las últimas páginas saturadas de recuerdos. Le sacudes el polvo y vas directamente al final. Empiezas a viajar en el tiempo.

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¿Quién me representa?

quien-me-representaLa delegada de mi circunscripción debería dimitir. Tendría menos dolores de cabeza, más tiempo para ocuparse de asuntos personales y no malgastaría tiempo en pararse frente a los vecinos con un manojo de justificaciones —no de soluciones—, recitados como si fuera una letanía (de hecho, a veces solo falta la entonación gregoriana).

Bastante tiene la pobre con enfrentarse a los molinos de viento de la cotidianidad como para erigirse en una heroína épica al estilo de Juana de Arco, quizás no por falta de vocación, sino por la soledad que asiste a quienes, como ella, llevan sobre los hombros el rosario de quejas de los electores a su cargo.

En el complejo, y a ratos disfuncional, organigrama de mando, las piezas más enclenques no son las que precisamente encumbran la pirámide. Todo el mundo conoce por dónde se rompe la soga.

Por eso nadie se alarma ante la reiteración de planteamientos. Más bien, la gente se acostumbra a la sensación de desamparo, muy parecida a la virginidad, que provocan las respuestas ambiguas y las falsas promesas, el asunto pendiente de revisión, el señalamiento “que sabemos existe y lo estudiaremos a fondo para llegar a conclusiones certeras”, acompañado del larguísimo etcétera de frases hechas, vacías.

Ante semejante estado de indefensión —vamos a ser finos para no llamarlo indolencia—, te devanas los sesos para encontrar quién te representa, cuestionas si tus derechos personales son tan grandes como el mamotreto de deberes que a diario te recuerdan debes cumplir a pie juntillas hasta entablar un monólogo digno de una tragedia shakesperiana.

Si las rectificaciones fueran directamente proporcionales a las quejas planteadas, hoy el vecino de la esquina no despertaría azorado del escándalo, ni yo fuera testigo del ejercicio arbitrario del poder que demuestra esa suerte de hijo bastardo que le ha nacido a la Oficina del Conservador en pleno centro histórico de Trinidad, bendecido desde el alto mando con la anuencia de hacer y deshacer, bajo un objeto social tan improbable como que un día los reclamos serán atendidos como Dios manda.

A estas alturas ni siquiera me enervo cuando la delegada llega con la cola entre las piernas. Ella está tan indefensa como yo, tan falta de potestad como yo, tan falta de representación como yo.

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Casuales

Casuales—I—

Se casó con un turista. La luna de miel fue en un hotel de lujo.  Ella nunca había ido a un hotel.

Antes de salir, le advirtieron que no pidiera comida con nombres raros y, en caso de arriesgarse, tener claro lo de “aprieta y traga” para no lucir descortés; que conservara la cordura ante la televisión por cable y que fuera gentil con su esposo.

Quiso ser gentil, muy gentil, y tomó del mini-bar una cajita de leche para prepararle una sorpresa romántica al marido. La leche estaba fría.

Le extrañó que el microondas estuviera cerca del closet, pero quién era ella para cuestionar el diseño de un hotel de lujo. Puso la leche dentro del aparato negro. Apretó dos o tres botones.

Ese microondas no era como uno que había visto en casa de una amiga. Los números no marcaban cuenta atrás, no pitaba, no tenía un cristal en la puertecita ni luz interior.

Abrió la tapa. La leche seguía fría. Desde la cama, su marido reía a carcajadas.

Ella nunca había visto una caja fuerte.

—II—

Llamó al hospital para conocer el número de ingresados en las últimas horas.

—¿Se ha reportado algún negado? (persona que se rehúsa a ingresar por su cuenta y riesgo)

—No sé, déjame preguntar.

Del otro lado de la línea, el interlocutor 1 escuchó: “Oyeeeee, ¿en esta sala hay algún abnegado?”.

 

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