¿Quién me representa?

quien-me-representaLa delegada de mi circunscripción debería dimitir. Tendría menos dolores de cabeza, más tiempo para ocuparse de asuntos personales y no malgastaría tiempo en pararse frente a los vecinos con un manojo de justificaciones —no de soluciones—, recitados como si fuera una letanía (de hecho, a veces solo falta la entonación gregoriana).

Bastante tiene la pobre con enfrentarse a los molinos de viento de la cotidianidad como para erigirse en una heroína épica al estilo de Juana de Arco, quizás no por falta de vocación, sino por la soledad que asiste a quienes, como ella, llevan sobre los hombros el rosario de quejas de los electores a su cargo.

En el complejo, y a ratos disfuncional, organigrama de mando, las piezas más enclenques no son las que precisamente encumbran la pirámide. Todo el mundo conoce por dónde se rompe la soga.

Por eso nadie se alarma ante la reiteración de planteamientos. Más bien, la gente se acostumbra a la sensación de desamparo, muy parecida a la virginidad, que provocan las respuestas ambiguas y las falsas promesas, el asunto pendiente de revisión, el señalamiento “que sabemos existe y lo estudiaremos a fondo para llegar a conclusiones certeras”, acompañado del larguísimo etcétera de frases hechas, vacías.

Ante semejante estado de indefensión —vamos a ser finos para no llamarlo indolencia—, te devanas los sesos para encontrar quién te representa, cuestionas si tus derechos personales son tan grandes como el mamotreto de deberes que a diario te recuerdan debes cumplir a pie juntillas hasta entablar un monólogo digno de una tragedia shakesperiana.

Si las rectificaciones fueran directamente proporcionales a las quejas planteadas, hoy el vecino de la esquina no despertaría azorado del escándalo, ni yo fuera testigo del ejercicio arbitrario del poder que demuestra esa suerte de hijo bastardo que le ha nacido a la Oficina del Conservador en pleno centro histórico de Trinidad, bendecido desde el alto mando con la anuencia de hacer y deshacer, bajo un objeto social tan improbable como que un día los reclamos serán atendidos como Dios manda.

A estas alturas ni siquiera me enervo cuando la delegada llega con la cola entre las piernas. Ella está tan indefensa como yo, tan falta de potestad como yo, tan falta de representación como yo.

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Casuales

Casuales—I—

Se casó con un turista. La luna de miel fue en un hotel de lujo.  Ella nunca había ido a un hotel.

Antes de salir, le advirtieron que no pidiera comida con nombres raros y, en caso de arriesgarse, tener claro lo de “aprieta y traga” para no lucir descortés; que conservara la cordura ante la televisión por cable y que fuera gentil con su esposo.

Quiso ser gentil, muy gentil, y tomó del mini-bar una cajita de leche para prepararle una sorpresa romántica al marido. La leche estaba fría.

Le extrañó que el microondas estuviera cerca del closet, pero quién era ella para cuestionar el diseño de un hotel de lujo. Puso la leche dentro del aparato negro. Apretó dos o tres botones.

Ese microondas no era como uno que había visto en casa de una amiga. Los números no marcaban cuenta atrás, no pitaba, no tenía un cristal en la puertecita ni luz interior.

Abrió la tapa. La leche seguía fría. Desde la cama, su marido reía a carcajadas.

Ella nunca había visto una caja fuerte.

—II—

Llamó al hospital para conocer el número de ingresados en las últimas horas.

—¿Se ha reportado algún negado? (persona que se rehúsa a ingresar por su cuenta y riesgo)

—No sé, déjame preguntar.

Del otro lado de la línea, el interlocutor 1 escuchó: “Oyeeeee, ¿en esta sala hay algún abnegado?”.

 

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A medio camino

a-medio-caminoA N., por las confesiones

Sin previo aviso, le cortaron las alas. El portazo fue más estridente que el de Nora, la protagonista de la obra de Ibsen que tantas veces leyó en el Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas.

Desde el jueves pasado, dice, las noches son largas. Ese jueves el Noticiero Nacional de la Televisión Cubana recuperó por media hora los índices de audiencia de antaño, cuando Telesur no le arrebataba primicias por su deliberada falta de inmediatez, bromea.

Varada en una isla donde hablan un idioma que apenas domina, procura ordenar los pensamientos. Las grandes avenidas, el sueño de perseguir un sueño (su sueño), la entrada al MOMA… regresan a la tierra de las ilusiones.

Quizás, murmura, no hay otra oportunidad y debe conformarse con la ilusión. No sería ni la primera ni la última que vivirá así. “Al menos no me enteré de la noticia en medio del mar”, escribe para consolarse y consolar a los suyos, en vilo desde entonces.

Pregunta. No encuentra respuestas. Piensa más de lo que ha pensado en sus 29 años de existencia. Reacomoda las ideas, las pone de cabeza, las voltea…, pero al final sabe que no podrá mojarse los pies.

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Algodón de azúcar

algodon-de-azucarLo admito: me babeo con el algodón de azúcar. No los grandotes, incluso coloreados, que a ratos aparecen en series o películas, sino los que venden en la Semana de la Cultura, los carnavales u otro acontecimiento similar en Cuba (a fin de cuentas solo cambia el nombre, porque el denominador común resulta la política de pan y circo).

Basta un motor viejo, un redondel metálico alrededor (donde se pegan los “hilos blancos”), una armazón para levantar del suelo la rústica maquinaria y un cable largo para enchufarlo al poste de electricidad más cercano para fabricar las nubes dulces pegadas a una varilla de río.

Cuando era niño, a veces los vendedores no tenían la varilla y te embarrabas las manos de almíbar. Niño al fin, cuando terminada de comer, iba directico a limpiarme en la ropa; proceso interrumpido por los gritos de mami con su típico: ¡Oyeeeeee, ni se te ocurra, que tú no lavas, papito! ¿Tú no querías algodón? ¡Pues coge algodón!

El algodón de azúcar también ha salvado los bolsillos cubanos. Para nada es el negocio de las grandes fortunas, pero sí una alternativa ante las urgencias cotidianas.

Bien lo sabe Migdalia, cuarentona natural de Amancio, Las Tunas, quien conoce al dedillo el cronograma  de casi todas fiestas (vamos a darle un margen de error) y/o celebraciones pueblerinas del país.

“Me alquilo con dos o tres personas que tienen el negocio de castillos inflables o algún aparato (dícese a la versión Made in Cuba de los objetos similares a los de un parque de diversiones que convierten determinada zona en un efímero sitio recreativo infantil durante el jolgorio). Allí, voy a dormir nada más. Como cualquier cosa: bocadito, pizzas. Yo vengo a trabajar”.

Migdalia vende al algodón a 3 pesos en moneda nacional. Según me explica, el precio responde al costo de la materia prima. Debe, además, asumir gastos de transporte y posterior traslado de su negocio ambulante, además del pago por el permiso de vender y el consumo de electricidad.

Con casi una década en la comercialización popular, a Migdalia no hay quien le haga un cuento de cómo lidiar con la escasez de recursos, ni con inspectores, ni con niños inconformes, ni con padres que le reclaman “échele un poquito más de algodón, mi tía, que son tres pesos”, ni con gente preguntona como yo.

Guajira, como dice ser, sin nada que ocultar, te cuenta su historia sin remilgos ni lamentaciones. “Gracias a esto, he levantado mi casa y mantengo a mis dos muchachos. A esta maquinita que tú ves aquí hay que hacerle un pedestal”.

Quiero saber de sus hijos, al cuidado de la abuela mientras dura la fiesta; quiero saber de sus sueños, de su oficio anterior a convertirse en vendedora, pero han aparecido niños que quieren comprar algodón. Migdalia tiene que trabajar.

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Cabañuelas

cabanuelas“La primera quincena de marzo será calurosa, de amaneceres grises y solo en las noches soplará un poco el viento”, anotaría Onelia en su libreta de predicciones si la vida no la hubiese arrancado de este mundo con tanta premura.

Fue una de las tantas herencias de los genes gallegos: el amor a la sopa, el respeto a los convencionalismos, las piernas regordetas… y el acto de aventurarse a predecir cada enero el comportamiento meteorológico a través de las cabañuelas, ese método adivinatorio que el padre trajo desde Santa María de Aguas Mansas, cuando el fragor de la Guerra Civil Española lo desarraigó para siempre de su lugar de origen.

Contemplar el aplomo del tercer día del año 2017 bastaría para hacerla correr hacia el libro donde registraba los acontecimientos trascendentales de la familia y entretejer esa suerte de profecía climatológica, carente de todo argumento científico.

Tal y como ocurría en aquellos días, aun por esta parte de Cuba se “llevan” las cabañuelas, y se defiende con vehemencia su efectividad, siempre imprecisa.

“No creas que es mentira —me confiesa con terquedad Lázara Puertas, una anciana de 75 años, vecina del barrio La Barranca, en Trinidad—. A mí me enseñó mi mamá, y a veces acertaba. Claro, como es una cosa aproximada, uno tienen el derecho a equivocarse”, insiste para justificar futuras incongruencias.

Como si fuera más experta que el Doctor José Rubiera —acaso el meteorólogo más famoso del país en estos momentos—, Lázara escribe en la libreta que le regaló la nieta sus profecías respecto al calor, el frío, las lluvias “aunque digan que son cosas de viejo”; e intenta explicarme con lujo de detalles el algoritmo para presagiar, pero yo me pierdo entre los entresijos de las idas y las vueltas; entre las horas y los meses.

Lázara, que solo ha visto del Departamento de Pronósticos del Instituto de Meteorología las transmisiones en vivo a propósito del paso de un huracán por la isla, le da igual que cada noche, durante la Emisión Estelar del Noticiero de la Televisión Cubana, informen sobre el comportamiento de las variables meteorológicas para las próximas horas.

Con empecinamiento se aferra a sus anotaciones, como lo hacía Onelia, mi abuela materna, en sus años mozos, convencida que las cabañuelas no mienten.

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A salvo

a-salvoHappy birthday to my mum…

Que la vida no vaya más allá de tus brazos. / Que yo pueda caber con mi verso en tus brazos, / que tus brazos me ciñan entera y temblorosa / sin que afuera se queden ni mi sol ni mi sombra…

No existe lugar más seguro en este mundo que sus brazos. Esos brazos que pueden ser puente y refugio, volcán y fusta, regaños y consejos… puerto seguro, siempre.

Los brazos de fisonomía gallega, que el tiempo comienza a estrujar, y con los que juego cuando nos sentamos a la mesa. Los brazos que descubren mis temores con solo rozarme la piel. Los brazos que me dibujaban sombras para calmar mi ansiedad.

Que me sean tus brazos horizonte y camino, / camino breve y único horizonte de carne: / que la vida no vaya más allá…(…)

 Como la mamá gallina de los cuentos de hadas, espera con los brazos abiertos para mí y mis amigos, para todos. Todo empieza y termina allí, donde siempre me sentiré a salvo, aunque ya no sea un niño.

A pocos minutos de la medianoche, este martes, antes de que el calendario le marcara 54 noviembres, lo primero que hice fue abrazar a mi mamá.

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