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El transporte en Cuba definido por una niña de Tel Aviv

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Por las venas de A corre sangre cubana e israelí. Con apenas 11 años descubre los parajes de Cuba cuando viene de vacaciones con su madre y sus dos hermanas.

Más allá de la postalita turística que a ratos suele ser esta isla para el extranjero, la madre de A quiere que sus hijas conozcan la realidad de aquí con sus bendiciones y sus demonios. Por eso lo mismo las lleva a determinado lugar en taxi que las monta en un ómnibus camino a casa. Sigue leyendo

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Aguas prohibidas

Aguas prohibidasLa muchacha que a ratos desanda el puente de Brooklyn no puede conocer el fondo del mar del país donde nació. Ella, que le bastaba una bicicleta para llegarse a la costa; que despertaba y dormía con el olor a salitre en el cuerpo; que mataperreaba en aquel pueblito de pescadores, le cuesta aceptar que, con más de tres décadas en las costillas, las profundidades del mar que tanto veneró —y todavía venera— aun le resultan ajenas.

“No se puede, eso es solo para turistas”, le explican. Comenta de su carnet de buzo, de cómo se ha sumergido en otras aguas y las deidades del océano le han mostrado las maravillas escondidas allá, donde dicen habitan las sirenas. Mas, pese a los tesoros descubiertos, ese mar siempre le será forastero.

Intenta de nuevo, pero es en vano. “No se puede, es solo para turistas.”, le repiten. El aval que la califica no tiene más peso que la ley que le pone límites al mar de su isla.

Inevitablemente, desvía la mirada hacia los tanques de oxígeno, al equipamiento amontonado en el rincón. Se resigna. Camina hacia la orilla para que el oleaje le acaricie los pies. “Y saber que uno está aquí, a casi nada para perderse mar adentro y ver el arrecife. Mi arrecife”, suspira.

Porque las olas y la arena también cuecen sus esencias, en el itinerario de su agenda vacacionista está, como una constante, el viaje a la playa. Su playa. Y a ratos los ojos se le pierden en el horizonte, fabulando con los secretos que yacen en el fondo del mar. Su mar.

La muchacha que desanda el puente de Brooklyn tiene las aguas de sus nostalgias presas en el teléfono celular. A ratos vuelve a perderse en las imágenes de la espuma, del sol besando el infinito, de la gaviota surcando el atardecer… y se aferra al día en que se perderá en los predios de Yemayá, la verdadera dueña y señora de los mares del país donde nació.

Regresarás

RegresarásA Iris

En un apartamento de Brooklyn vive una mujer que necesito por estos días. Hace más de dos décadas llegó a mi casa envuelta en el deslumbramiento de haber encontrado su media naranja en esta Isla del Caribe, y se inscribió para siempre en esa suerte de clan familiar que me ha enseñado, como dijera Isabel Allende, que no es necesario tener la misma sangre para pertenecer a la misma tribu.

En los últimos tiempos, los dolores —malditos e intrusos invitados que se presentan para aguar la fiesta de la vida— empezaron a frecuentarla con más asiduidad de la que ella les permitía para robarle el sueño y obligarla a bailar más boleros que salsa. Ella, sin embargo, con ese ímpetu heredado de su Puerto Rico natal, no les hacía mucho caso y sorteaba las mil y una talanqueras en materia de aerolíneas para llegar cada diciembre.

Un mes antes de mi tesis vino; volvimos a conversar, a comer pellejito de puerco asado, a tomar cerveza y a escuchar el disco de Natalie Cole. Pero yo no sabía que esa sería la última vez que atravesaría el umbral de casa.

“Dice que no viene más a Cuba”, nos informó mi tío en septiembre. Dos días después, sentado en el patio de su casa, hablé con ella. “Espero volverte a ver, no me importa”, le dije, y le repetí esa especie de regaño el día de su cumple, cuando otra vez el teléfono acortó la distancia.

Desde entonces me di la tarea de recopilar todo lo que más le gusta para tentarla a volver. Por eso le regalo las Flores Amarillas de Amelia en este post, y le prometo una copia de Portocarrero y Zaida porque no puedo permitirme una original. Juro hornearle cada día una panetela seca con edulcorante para mantener a raya la Diabetes y climatizarle la casa entera para que las temperaturas cubanas no la atormenten.

En un apartamento de Brooklyn vive una mujer que necesito por estos días; una mujer-tía a quien tengo que volver a abrazar; una mujer que se erige como la ausencia de este diciembre —porque ya a las otras ausencias me he resignado—.

Regresarás, estoy seguro, porque no has visto mi título de Licenciado, porque me debes un abrazo y un beso… Tú, mujer-tía que vives al norte de esta Isla, se lo prometiste a este sobrino-reportero que viste crecer…

Patrimonio de la Humanidad:¿hecho o eufemismo?

Trinidad Patrimonio de la Humanidad. hecho o eufemismoTal vez a esta hora, Marta Arjona, con esa pasión raigal hacia la cultura que habría de acompañarle hasta el último momento de su existencia, todavía no había superado el escalofrío que le sacudió los huesos al entregar, hacía 24 horas, el expediente de solicitud a la comisión de la Unesco, en la XII Sesión Ordinaria del Comité del Patrimonio Mundial, celebrada en Brasilia del 5 al 9 de diciembre de 1988, para convertir a la Ciudad Museo del Mar Caribe en Patrimonio de la Humanidad.

Meses antes, las madrugadas sorprendían a Alicia García Santana, Silvia Teresita Angelbello, Víctor Echenagusía y muchos otros con un amasijo de folios explicando con sumo detalle las potencialidades del Centro Histórico Urbano y el Valle de los Ingenios —sin que mediara el regionalismo—, que podían acreditar a la villa; horas en vilo cuya recompensa llegó aquel 8 de diciembre al ver el nombre del terruño en la lista de sitios patrimoniales del orbe.

A la postre, la condición devino una especie de carta de presentación de este rincón del centro sur de la Isla, enclavado en la falda de una loma. Mas, a 26 años de aquella suerte de punto cero para Trinidad, el slogan de “ciudad dormida en el tiempo” parece un concepto con excesos de romanticismo. Un vistazo panorámico desde el campanario del antiguo convento de San Francisco de Asís, hoy Museo Nacional de la Lucha Contra Bandidos, o desde la torre de la otrora residencia de la familia Cantero, actual Museo Municipal de Historia, basta para advertir una ciudad avocada —todavía no así hundida— en el turismo.

De modo que el todopoderoso sector turístico enraíza en cuanta aletargada institución estatal encuentra a su paso, y no para transformarlas, precisamente, en centro difusores de tradiciones genuinas de la localidad.

Hablar de quietud en el Centro Histórico Urbano de Trinidad constituye a estas alturas el mayor de los eufemismos posibles. Si existe un sitio donde se materializa el postmoderno concepto de fusión musical, es en la zona A.

De un lado, la veterana Casa de la Música; del otro, instalaciones de reciente creación: el rock en el Yesterday, el pop en el Rincón de la Salsa —en teoría así se llama, aunque salsa sea lo menos escuchado— y el Patio de Béquer, cuyos detractores crecen por día.

¿Será posible terminar dicho vía crucis? ¿El turismo le ganará definitivamente al Patrimonio? ¿El Patrimonio dejará a un lado las labores cosméticas en las calles para centrarse en no ceder más terreno?

Por semejante cuerda floja transita la villa en estos tiempos, con un Valle en plena reanimación, cierto, pero con centro histórico lacerado. Quizá sea oportuno recordar a la doctora Alicia García cuando expresó: “Trinidad es un don del cielo, entre otras cuestiones, por la conservación del conjunto urbano y por tener un centro histórico habitado. Aunque el turismo nos abrió al mundo, no puede destruir la ciudad”.

Por eso este 8 de diciembre la urbe trinitaria no ofreció su mejor semblante, si bien la maquillaron para el aniversario de su declaración como Patrimonio de la Humanidad. Con 500 años sobre sus hombros, a la ciudad parece angustiarle la idea de si, a estas alturas, sus hijos sabrán defenderla con la vehemencia que merece.