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Fly

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Horas antes de subir a un avión por primera vez en mi vida, el Boeing 737 se estrellaba cerca de La Habana poco después de despegar del aeropuerto internacional José Martí. Un estreno para no olvidar.

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El transporte en Cuba definido por una niña de Tel Aviv

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

Por las venas de A corre sangre cubana e israelí. Con apenas 11 años descubre los parajes de Cuba cuando viene de vacaciones con su madre y sus dos hermanas.

Más allá de la postalita turística que a ratos suele ser esta isla para el extranjero, la madre de A quiere que sus hijas conozcan la realidad de aquí con sus bendiciones y sus demonios. Por eso lo mismo las lleva a determinado lugar en taxi que las monta en un ómnibus camino a casa. Sigue leyendo

Aguas prohibidas

Aguas prohibidasLa muchacha que a ratos desanda el puente de Brooklyn no puede conocer el fondo del mar del país donde nació. Ella, que le bastaba una bicicleta para llegarse a la costa; que despertaba y dormía con el olor a salitre en el cuerpo; que mataperreaba en aquel pueblito de pescadores, le cuesta aceptar que, con más de tres décadas en las costillas, las profundidades del mar que tanto veneró —y todavía venera— aun le resultan ajenas.

“No se puede, eso es solo para turistas”, le explican. Comenta de su carnet de buzo, de cómo se ha sumergido en otras aguas y las deidades del océano le han mostrado las maravillas escondidas allá, donde dicen habitan las sirenas. Mas, pese a los tesoros descubiertos, ese mar siempre le será forastero.

Intenta de nuevo, pero es en vano. “No se puede, es solo para turistas.”, le repiten. El aval que la califica no tiene más peso que la ley que le pone límites al mar de su isla.

Inevitablemente, desvía la mirada hacia los tanques de oxígeno, al equipamiento amontonado en el rincón. Se resigna. Camina hacia la orilla para que el oleaje le acaricie los pies. “Y saber que uno está aquí, a casi nada para perderse mar adentro y ver el arrecife. Mi arrecife”, suspira.

Porque las olas y la arena también cuecen sus esencias, en el itinerario de su agenda vacacionista está, como una constante, el viaje a la playa. Su playa. Y a ratos los ojos se le pierden en el horizonte, fabulando con los secretos que yacen en el fondo del mar. Su mar.

La muchacha que desanda el puente de Brooklyn tiene las aguas de sus nostalgias presas en el teléfono celular. A ratos vuelve a perderse en las imágenes de la espuma, del sol besando el infinito, de la gaviota surcando el atardecer… y se aferra al día en que se perderá en los predios de Yemayá, la verdadera dueña y señora de los mares del país donde nació.

Regresarás

RegresarásA Iris

En un apartamento de Brooklyn vive una mujer que necesito por estos días. Hace más de dos décadas llegó a mi casa envuelta en el deslumbramiento de haber encontrado su media naranja en esta Isla del Caribe, y se inscribió para siempre en esa suerte de clan familiar que me ha enseñado, como dijera Isabel Allende, que no es necesario tener la misma sangre para pertenecer a la misma tribu.

En los últimos tiempos, los dolores —malditos e intrusos invitados que se presentan para aguar la fiesta de la vida— empezaron a frecuentarla con más asiduidad de la que ella les permitía para robarle el sueño y obligarla a bailar más boleros que salsa. Ella, sin embargo, con ese ímpetu heredado de su Puerto Rico natal, no les hacía mucho caso y sorteaba las mil y una talanqueras en materia de aerolíneas para llegar cada diciembre.

Un mes antes de mi tesis vino; volvimos a conversar, a comer pellejito de puerco asado, a tomar cerveza y a escuchar el disco de Natalie Cole. Pero yo no sabía que esa sería la última vez que atravesaría el umbral de casa.

“Dice que no viene más a Cuba”, nos informó mi tío en septiembre. Dos días después, sentado en el patio de su casa, hablé con ella. “Espero volverte a ver, no me importa”, le dije, y le repetí esa especie de regaño el día de su cumple, cuando otra vez el teléfono acortó la distancia.

Desde entonces me di la tarea de recopilar todo lo que más le gusta para tentarla a volver. Por eso le regalo las Flores Amarillas de Amelia en este post, y le prometo una copia de Portocarrero y Zaida porque no puedo permitirme una original. Juro hornearle cada día una panetela seca con edulcorante para mantener a raya la Diabetes y climatizarle la casa entera para que las temperaturas cubanas no la atormenten.

En un apartamento de Brooklyn vive una mujer que necesito por estos días; una mujer-tía a quien tengo que volver a abrazar; una mujer que se erige como la ausencia de este diciembre —porque ya a las otras ausencias me he resignado—.

Regresarás, estoy seguro, porque no has visto mi título de Licenciado, porque me debes un abrazo y un beso… Tú, mujer-tía que vives al norte de esta Isla, se lo prometiste a este sobrino-reportero que viste crecer…