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If walls could talk

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Las paredes de la sala de mi casa están desnudas por primera vez. La humedad provocada por el huracán de septiembre nos obligó a exponer los muros decimonónicos a base de espátula. Sigue leyendo

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Estaba en una ciudad ajena. El sol comenzaba a diluirse en el océano ante sus ojos, y que a él le servía de escenario para una sesión de fotografía.

En un momento de descanso, tuvo la idea de tomar imágenes de su sombra; recurso nada novedoso, pero al menos aliviaba el cansancio luego de horas presionando el obturador. Sigue leyendo

Sin concesiones a la nostalgia

Sin concesiones a la nostalgiaDe vez en cuando Trinidad debe sacudirse los recuerdos y aceptar, aunque le pese, el transcurso del tiempo, la vorágine del siglo XXI, el nuevo prisma con que sus hijos la ven, la reinterpretación de lo que un día devino paradigma para Cuba. De lo contrario, cada año regresará el dejá vú, los paralelismos con la era dorada, acompañados de las evocaciones.

Todo será en vano: la tercera villa reacomoda sus tradiciones (aunque los expertos insistan que lo tradicional no cambia) ante los aprietos financieros y la dinámica de los nuevos tiempos.

Nada ayudan las remembranzas cuando la ciudad asoma a un nuevo cumpleaños, no por renegar del pasado (Dios libre al terruño de semejante sacrilegio), sino porque prefiere complacer a la mayoría de sus moradores y conformarse con que al menos sobrevive buena parte de su legado patrimonial, mutilado por momentos.

Hablar cada enero, durante la Semana de Cultura, de plataformas emblemáticas para el jolgorio, de balance entre las sonoridades para alimentar el espíritu y las que animan al esqueleto, de distinguir la diferencia entre cultura y feria pueblerina… resulta volver siempre al punto cero, con insatisfacciones sobre la mesa, cuya respuesta definitiva se rubrica con la escasez de recursos.

Tales descalabros solo parecen aquejarle a una minoría que, representación ínfima al fin, queda desdeñada ante la implacable cultura de masas, permeada de nuevas formas de asumir festejos tradicionales e interesada en anteponer el goce ante la cosecha intelectual por mucho ímpetu de ciertas instancias locales por revertirlo.

Tal vez sea mejor dejar las concesiones a la nostalgia, abrazar la reinterpretación que llega al calor de estos tiempos y aceptar de una vez lo que una trinitaria resumió de forma magistral en las inmediaciones del Parque Céspedes: “La cultura profunda tiene las horas contadas”.

El llanto de una guitarra

El llanto de una guitarra-Isla nuestra de cada díaPuede que si se menciona el nombre de Pedro Dámaso González Lozano —así, con un acento tan oficial— aparezca la imagen de un hombre distante, rodeado de premios y reconocimientos; uno más entre la multitud de los consagrados.

Mas, si se menciona el nombre de Pedrito González, el trovador —así, con ese cálido tono de cercanía y familiaridad— germina indemne la figura de un hombre con espíritu bohemio que caminaba en medio de la noche por calles empedradas hasta una esquina para desenfundar su guitarra y cantar con frenesí un bolero o un son. Cuando se dibuja ese paisaje Trinidad llora, porque sabe que perdió un hijo.

El corazón le jugó una mala pasada y a sus 58 años se empecinó en dejar de latir para que Pedrito cruzara el umbral donde habitan los espíritus que protegen a la villa.

Tal vez ahora mismo Pedrito esté repasando su existencia: desde el día en que su padre trasmutó el patio hogareño en la primera Casa de la Trova de Trinidad, pasando por el momento en que se aventuró con José Ferrer a dar vida al Dúo Escambray y con él inscribirse entre los fundadores del Movimiento de la Nueva Trova, hasta verse en la primera Semana de la Cultura, en 1974, estrenando el tema Cerca del mar y del monte, de Ferrer; esa suerte de himno a la ciudad, entonada desde entonces y hasta el fin de los tiempos. Yo me pregunto si en ese arsenal de memorias él se acordará del día en que mi vocecita infantil se unió a la suya para interpretar, precisamente, esa misma canción.

A partir de ahora cada trinitario construirá su propio Pedrito. La mayoría lo perpetuará en el escenario, dejándose la piel. Sus colegas lo invocarán cuando necesiten una nota en el pentagrama y les urja un consejo de un avezado en la música. Las amas de casa echarán en falta su voz en Trovadores siempre, un programa radial que mantuvo a flote durante años para contribuir a la preservación del acervo trovadoresco del país.

Sus vecinos creerán verlo en el barrio en compañía de su hija, ajetreado en faenas hogareñas con su esposa, o caminando la calle Jesús María hasta llegar a Polvo Rojo para visitar a su madre. Algunos brindarán por él mientras rasgan las cuerdas de una guitarra y calientan la voz con un trago, como hacía Pedrito en aquellas extintas serenatas nocturnas. Y la ciudad entera lo recordará para siempre.

Cuesta creer que partiera sin cumplir el sueño de musicalizar algunos versos sencillos de Martí; que dejara letras y melodías pendientes.

La trova cubana aún viste de luto. Todavía hay voces apagadas e instrumentos en silencio. Mientras, su guitarra llora en el rincón de la casa porque él no volverá a acariciarla.

Desde un sitio desconocido Pedrito continúa cantándole a Trinidad y a los trinitarios, apostando por la trova. Desconozco la localización exacta de ese paraje místico, pero de algo estoy seguro: está cerca del mar y del monte, habitado por almas que también velan por la salvaguarda del patrimonio y hacen que Pedrito no sienta soledad.

Pedrito González-Isla nuestra de cada día