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Estoy viva

Estoy viva

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

A LTA, con la esperanza de que las palabras se transformen en el abrazo que la distancia me impide darte.

Cuando escuchas que México tembló y la ciudad se redujo a escombros se te encoge el alma, pero cuando sabes que un amigo (de esos imprescindibles) vive ahí, tu alma colapsa y tiemblas tanto como la ciudad.

Del otro lado de la pantalla de la computadora también se sufre y llora, más cuando buscas señales de vida en Messenger, en Facebook porque sabes que IMO no va funcionar, y no ves la luz verde encendida al lado de su nombre. Del otro lado de la pantalla, entonces, a uno se le va la vida. Sigue leyendo

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Volver

Volver(…) Bajo el burlón mirar de las estrellas que con indiferencia hoy me ven volver (…)

A poco más de un año sin pisar los adoquines, camino por la ciudad cuya fisonomía era capaz de reproducir con los ojos cerrados, al menos de los lugares donde se cuece la imagen cosmopolita que alivia la ausencia de mar que signa este paraje. Sin temor a equivocarme creo que por vez primera puedo aquilatar el significado de aquello que esbozara Carlos Gardel: “Sentir / que es un soplo la vida / que veinte años no es nada…”.

Llego con la despedida de la tarde, subo por la misma calle de siempre hasta llegar al costado del parque central. El lugar mantiene su condición de punto de encuentro para amigos y enamorados, a ratos veo a alguien con la guitarra al hombro o con pinta de viajero de la ruta 3 y creo que aún existe el riesgo que algún pájaro te “bendiga” desde las ramas con sus “esencias naturales”. Pero el trasiego es distinto: ahora es una zona wifi, casi todo el mundo está con el celular en la mano, hablando por IMO, revisando Facebook, el correo electrónico o liberando sus demonios en las redes.

También aquí ha crecido el cuentapropismo de la noche a la mañana. Existen nuevos restaurantes, temáticos incluso, punticos de alimentos ligeros, talleres para reparar celulares, tiendecitas para comprar gangarrias…

Mas, en la esquina sigue el lugar para matar el hambre si eres universitario, donde las muchachitas podían —¿pueden?— entrar en sayas cortas y blusas de tirantes, pero los hombres necesitaban —¿necesitan?— cumplir un código de etiqueta de un sitio de lujo.

Está el Coppelia, con su escasez de sabores y la cola que dobla la esquina, la señora que pide un peso para comprar cualquier cosa, el café, los artesanos, el sitio de las hamburguesa de ave-rigua, el chofer proponiendo “taxi, taxi” y, más abajo, la parada de la guagua donde hay que lanzarse para “clasificar”.

Aunque a lo lejos escucho propuestas de tarjetas Nauta para Internet, es la ciudad de los recuerdos la que se dibuja ahora, cuando la felicidad se resumía a tener la barriga llena con comida decorosa, estirar el dinero de la semana para permitirse alguna fiesta y caer de vez en cuando en la embriaguez para vociferar en plena calle que había llegado la hora de “subir las manos pa´rriba, mi gente”.

Vale la pena regresar, no por caer en la letanía de la nostalgia, sino, entre tantas otras cosas que cada quien puede esgrimir de acuerdo a su filosofía de vida, para comprobar que el banco de los secretos, la esquina de los besos a escondidas, la casa que fue aula, el teatro con el recuerdo del romance, el espacio de las tertulias y de la espera…permanecen allí.

Reencuentro

ReencuentroHoy parece martes. Ayer también fue martes, aunque el calendario señalara sábado…

Hace unos días me avisó que los mares digitales del periodismo la harían recalar en puerto espirituano por unas horas. Sentí celos. El destino haría coincidir dos musas, pero yo no estaría allí.

Mas, a inicios de la semana pasada me notificaron que yo también estaría a bordo de la embarcación de Escambray. Supe que la vería, que volvería a envolverme en un abrazo hasta dejarme sin aire, que me amenazaría con mordidas, que, al menos por un tiempo breve, no necesitaría de teléfonos, mensajes en el móvil o Facebook para conversar.

Así, con soberano descaro, me salté olímpicamente el martes oficial de esta Isla nuestra de cada día porque sabía que mi verdadero martes sería, en realidad, el sábado.

(…)

Su viaje no podía ser normal —ella no es normal, dicho por ella misma—. El carro donde venía se sofocó a 13 kilómetros de la meta. Ella recogió unas flores del camino como constancia del percance.

Es esa suerte de ramo la señal de su llegada. Me las envía. Luego irrumpe en el salón con su dulce tormenta de abrazos, de besos y palabras sinceras. Entonces, y solo entonces, es martes para mí.

Ella me regala poesía. Yo alimento uno de sus delirios. Y mientras escuchamos hablar de recursos hipermedia, de la web 2.0 y el ciber periodismo, nos contamos primicias y chistes.

Ahora me recrimina que esta semana no actualicé el blog. Le digo que quiero una foto. Vuelve a regañarme. Insisto en que quiero una foto. Accede. Ella no sabe que la ausencia de letras esta semana ha sido porque en este momento estoy viviendo un verdadero martes. Ahora lo entenderá todo.

Al vernos en semejante abrazo apretado, más de uno queda desconcertado, y nos miran como locos cuando a pleno sábado no paramos de repetirnos “feliz martes”… Son códigos entre botellas e isla que por mucho que intente explicar nadie va a comprender.

Creo que a mi alrededor convocan a tomar asiento, no estoy seguro. Lo que transcurra fuera de este abrazo que recibo de mi musa no tiene importancia.

Cuando un amigo se va…

Cuando un amigo se va-islanuestradecadadiaEste día, veinte años atrás, hacía 48 horas que mi padrino había llegado a España. Tal vez caminaba por una calle de Madrid, absorto en el deslumbramiento de recién llegado; quizá dormía porque aún estaba acostumbrado al horario de Cuba.

Dos días antes, en la saleta de mi casa, una despedida se interponía en una amistad que comenzó en tiempos de la vocacional de Santa Clara, cuando la suerte hizo coincidir en el 7mo B a mi mamá y mi padrino. Ahí empezaron las aventuras que los convertirían en dos seres inseparables para siempre.

En teoría aquel viaje tenía fecha de regreso, pero mi mamá presintió que pasaría mucho tiempo sin ver a ese hermano que la vida le había regalado. Por eso ella tiene fechado el miércoles 30 de marzo de 1994 como el segundo día más triste de su vida, el primero fue cuando mi abuela abandonó este mundo.

Dice ella que en intento de dosificar el dolor, fuimos todos a la orilla del mar para una primera despedida, pero yo no lo recuerdo porque con cinco años me era imposible asociar la playa con un escenario de tristeza. Aunque se juraron controlar las emociones el día final, la promesa se desmoronó la última noche: un paisaje de angustias donde mi padre tuvo que hacerme miles de murumacas para que yo no sospechara nada.

Entonces las confesiones y las dudas empezaron a viajar en cartas, tarjetas y postales que intercambiaban con bastante frecuencia; aquellos tiempos no eran de emails ni redes sociales. El papel, la tinta y alguna llamada telefónica se encargaron de acortar la distancia.

Eso es lo terrible de la emigración cubana: la perenne incertidumbre de si volverás a ver a los tuyos, el desarraigo, a veces definitivo; un proceso signado por el trauma de la separación, donde son muy pocos los que tienen el privilegio de asirse a la ley del eterno retorno. Al menos para mi mamá y mi padrino no fue tan devastador porque ha podido regresar varias veces a la Cuba de sus nostalgias.

Desde aquel día mi mamá entendió el significado real de unos versos cantados por ambos en las noches de descargas y que yo escucharía tiempo después en la voz de Elena Burke y Pablo Milanés, aunque la composición original es de Alberto Cortez: “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Ese primer verso pende del cuello de mi madre, estampado en un pergamino dorado que mi padrino le envió en un cumpleaños; una suerte de talismán para combatir las nostalgias e invocarlo cuando lo necesita.

El tiempo ha hecho más cercanas las comunicaciones, ahora las cartas son correos electrónicos, los telegramas pueden ser mensajes por Facebook o el teléfono móvil… pero mi madre siempre tiene un espacio vacío en su alma, una herida que siempre le faltará una esquina por sanar.

Por eso este 30 de marzo llamó a mi padrino a las seis de la tarde, hora de Cuba, que en España marca la medianoche, porque hacía veinte años de aquella noche gris y todavía se le encoge el pecho. Delante de ella recordé una frase que me dijo una Religiosa de María Inmaculada cuando le pregunté si a ellas le daban algún método para no sentirse tristes cuando debían trasladarse a otros países o regiones, después de pasar cinco años en un mismo sitio. “Fija esto en tu memoria, Carlitín -me dijo-: el corazón nunca se acostumbra a decir adiós”.