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Alumno ausente

Alumno ausenteObligó a su madre a despertarme para darme la noticia. El reloj apenas marcaba las ocho de la mañana. Al otro lado de la línea, mi niño tenía una moneda y una caja de bombones en la mano, y por primera vez no se asustó cuando vio la sangre. “Ya largué mi primer diente, padrino”, me dijo, como el héroe que narra su más valerosa proeza.

Con semanas de antelación, Rubencito preparó todo el ritual: primero, escribir (entiéndase dictar un mensaje corto porque él apenas domina los primeros trazos) la carta al ratón Pérez, esa especie de mercader de los niños que intercambia dientecitos por monedas, golosinas o los antojos que puedan financiar el bolsillo de los padres; segundo, colocar la carta debajo de la almohada cuando el diente estuviera casi listo.

Pero mi ahijado tenía un deseo mayor: ver a Pérez; por eso encomendó a su madre la misión de velar por la llegada del roedor traficante. ¡Vaya sorpresa la suya cuando despertó la semana pasada y vio su recompensa, pero no logró entablar la ansiada conversación con el ratoncito!

“Me quedé dormida, pipo. Mami estaba muy cansada anoche y él debió pasar cuando pegué un pestañazo”, le explicó. Él estuvo inconforme al principio; mas, bastó la primera mordida al chocolate que le habían dejado como premio para borrar la tristeza.

“Ya largué mi primer diente, padrino”, fue la primera frase que escuché la semana anterior. Y ahora se le ve presumir de tener “alumnos ausentes”, como suele decirse en el argot popular cuando se caen los dientes; ahora está a la par de los otros niños de su aula.

Mientras, yo trato de acostumbrarme a la nueva sonrisa de mi niño, cuando miro el minúsculo orificio en su boca. La tarde lo sorprende averiguando cuál será el próximo “alumno ausente”. El nuevo mensaje está en proceso de escritura, pero esta vez confiado en que podrá ver a Pérez porque ha trazado una estrategia infalible: “cuando el diente esté a punto de caerse, me voy a hacer el dormido y cuando él venga a quitarlo me voy a despertar para poder saludarlo”.

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Singing in the rain

Singing in the rain♪(…) I´m singing in the rain, just singing in the rain. What a glorious feeling (…)♪

La lluvia llegó de pronto. Esta vez no fue necesario correr en estampida a recoger las toallas y la ropa del cordel porque ya mi madre, con esa clarividencia suya, había presagiado el temporal cuando aparecieron los atisbos de los primeros nubarrones, y mi acusación de paranoica quedó en ridículo cuando cayó aquel chaparrón a plena tarde.

Siempre me han gustado los aguaceros. A pesar de mi constante alergia y malestares en la garganta, no fueron pocas las veces que salí colgadizo afuera, en el patio de casa, para empaparme de aquella agua caída de alguna nube celestial, como creía. Una vez afuera quería mojar a quienes permanecían resguardados en la saleta, pero Galinka, madre al fin, adivinaba mis intenciones y advertía “No te atrevas, Carlitín, que mojas el piso y tú no limpias”.

El agua de lluvia sabe a viejo -sí, he tomado un poquito, no se asombren-; es más “gruesa” que la del río o el mar, y tiene el sortilegio de desorbitar a algunas personas y provocarles el deseo irresistible de dejar a un lado bolsos, zapatos, incluso cerrar sombrillas, para sentir la lluvia en la piel.  

Así sucedió cierta vez con una africana, hospedada con su esposo francés en mi casa. Ella sostenía con vehemencia que no había regalo más grande que la lluvia, y al caer la primera gota no pudo resistirse, desabrochó sus ropas, cubrió su parte más íntima y se lanzó desaforada, quizá poseída por alguna deidad, a mojarse toda, incluyendo sus despampanantes pechos descubiertos. Según supe, aquella escena provocó el descontrol de dos amigos, quienes sucumbieron al vapuleo de aquella mujer, diosa a sus ojos.

También a mí algún espíritu me nubló el juicio y me arrojó este domingo colgadizo afuera, al sentir el sonido del agua sobre los ladrillos, para bañarme en un aguacero de junio porque perdí el primer aluvión de mayo por culpa de la fiebre.

Bajo el chorro recordé los misterios de que si el aguacero moja la ropa, esta no debe moverse para evitar infectarla con mal olor y las supersticiones de que el agua de lluvia es la mejor para ablandar frijoles duros o lavarse la cabeza, porque deja el pelo más suave. Así lo hacía mi tatarabuela paterna en un tinajón que ha sobrevivido al paso del tiempo y hoy adorna el jardín.

Quise eternizar el instante. Canté bajo la lluvia, como Gene Kelly; pensé en los aljibes de esta ciudad que justo en ese momento engordaban, para ayudar más tarde a palear la sequía de estos tiempos; miré a mi jicotea y mis dos cotorras sumarse a aquella bendición de la naturaleza y agradecí a la Divina Providencia bautizar el suelo reseco de Trinidad.

La furia del libro

La furia del libro

Cuando la Feria Internacional del Libro llega a los municipios del país experimento una sensación de escepticismo y, al final, ratifico mis suposiciones un año tras otro: hace mucho, pero mucho tiempo, que la directriz principal de la fiesta de la literatura yace difuminada, sin remedio aparente.

Al menos así sucede tanto en la ciudad de mis nostalgias como en otros parajes de Cuba, a juzgar por diferentes opiniones recogidas en otras bitácoras personales.

Cada vez que estoy en un costado de las infelices tiendas erigidas para proteger a ejemplares y vendedores tengo un falso dejá vú. Y es que buena parte de los títulos me resultan familiares porque estaban en la feria anterior, pero como nadie quiso llevarlos a casa los confinaron al estante de una librería el resto del año. Ahí durmieron hasta este febrero, cuando le sacudieron el polvo para volverlos a distribuir con la esperanza que corran mejor suerte.

Este año la librería, un improvisado punto de venta en el portal del Cine Romelio Cornelio, junto a dos carpas de Artex constituyeron los únicos escenarios para los lectores trinitarios. Apenas llegaron un número considerable de los ejemplares recién editados y cuando sucedió, se requirieron dotes acrobáticos para alcanzar uno porque debías enfrentar a una muchedumbre que, en la mayoría de los casos, los adquirió “porque es el libro de este año y me dijeron estaba buenísimo”, según escuché, como si se tratara de un insumo cualquiera.

Me niego a aceptar la pobreza de títulos y supongo que algo de cierto tienen los comentarios pronunciados en voz baja sobre los textos que nunca salen a la luz y transitan furtivamente en las barrigas de los bolsos, cubiertos por papel periódico, hasta llegar a las bibliotecas particulares. 

“Comprar un libro es un acto completamente espiritual. Es preciso tocarlo, hojearlo, saborearlo…”, dice mi madre, pero quedas perplejo al ver el gentío abultarse mientras alguien le exige a la vendedora “dame ese de ahí, el del muñequito blanco sobre el fondo rojo, ese mismo…”

Al menos en Santa Clara, la ciudad donde estudio, se respiran aires diferentes-aunque también con dosis de contaminación- y hablan de tal evento teórico o mas cual conversatorio como Dios manda. No así en mi Trinidad-ah, las desventajas de volcarse de a lleno al turismo y no prever cómo se extingue el desarrollo cultural que otrora tuvo la ciudad-.

Tal vez quien decretó el carácter anual-y hasta obligatorio- del evento no previó cómo estos días de plácemes para el recreo intelectual devendrían una especie de fiesta popular, donde los volúmenes se transforman en raseros para el bolsillo de los ciudadanos.

Por estos días compro pocos libros, confieso, acaso porque me resulta ridículo verme como quienes cargan bolsas repletas de ejemplares cuyas páginas, tal vez, jamás abrirán y quedarán condenados en un rincón hasta la llegada de las trazas, en el mejor de los casos, porque aun en medio de la marisma hay quien no puede resistirse al encanto de ostentar a través de la compra.  

La mejor definición del fenómeno la escuché el pasado diciembre en boca un profesor. “Cuídense, muchachos-advirtió-. Cuando la Feria comienza, las personas adquieren hábitos obsesivos compulsivos porque se desata una peligrosa enfermedad, un  virus llamado la furia del libro”.

¡Dios me libre de contraerlo!

En casa de don José Mariano, 20 años después

De pequeño casi siempre descubría mi regalo de cumpleaños, el de Navidad con semanas o meses de antelación porque hurgaba en el escaparte de mis padres. Mas, tales habilidades detectivescas no advirtieron el ajetreo aquel lunes de 1992, cuando mis progenitores colocaron en cajas lo concerniente a cada pieza de la casa. “Caja # 1, aquí están los cubiertos, platos y vasos”, apuntaron en un cuaderno para saber dónde colocar aquella especie de arcas cuando llegáramos al nuevo destino.

Nada recuerdo de los siete viajes a cargo de Manolo- muy famoso en Trinidad porque en su camión trasladaba desde ladrillos hasta una vivienda entera-. Tres de esos viajes fueron necesarios para mudar el taller de radios de mi abuelo-.

Mis recuerdos empiezan a bordo del vehículo junto a mi madre, quien llevaba entre sus manos una funda de almohada donde dormía Tocha, una gata arisca que pocas veces pude acariciar.

Horas después la mudanza irrumpió en una plaza ajena para mí, alrededor de la cual se erigían palacetes, una iglesia… y el camión aparcó frente a una casona de descoloridas puertas cuya fachada no podía inspirar más desolación. Ni siquiera mi padre pudo aceptar lo poco que sobrevivía de la belleza del caserón donde transcurrió su infancia. “En diez años lo levantaremos”, le dijo mi madre-tal vez a modo de consuelo para no correr del espanto- cuando vio los muros palidecidos, agrietados, el patio de tierra con un platanal al fondo capaz de albergar caballos y vacas, el cuarto improvisado en plena sala con paredes de cartón bagazo para aprovechar el aire que se escurría entre los ventanales de madera y el largo trecho por recorrer para reanimar el paisaje deprimente de aquellas ruinas habitables donde me negué a pasar el resto de mi días.

“Esta casa es muy grande. Yo quiero la otra”, repetía a cada rato para ratificar mi voto en contra de aquel traslado. Todo me incomodaba: el olor, los techos, el silencio; me apabullaba la altura de las paredes, el color de los pisos… hacía catarsis del mínimo detalle- quién sabe y fue este mi primer intento de rebeldía infantil-.

Mucho tiempo trascurrió para encariñarme con mi nuevo hogar. Como nada resolvería con mis pataletas diarias, terminé acostumbrándome. Transformé el platanal en la verde pradera ubicada detrás de mi reinado ilusorio y los rincones en base de operaciones o aulas donde sometía a mi abuela paterna a clases de español. De a poco surgieron los afectos.

Más tarde supe por boca de mi padre que en esa casona donde celebré cada uno de mis cumpleaños, donde me partí la barbilla por correr con el piso mojado… vivió y murió don José Mariano Borrell y Padrón, rico sacarócrata de Trinidad en tiempos de ingenios; que a la luz de la bombilla de la saleta mi bisabuela y mi abuela tejieron hasta el amanecer-ahí también mi tía abuela tenía una academia de corte y costura-; que en esa cocina rústica elaboraban panetelas para vender, y que yo era la quinta generación de mi familia paterna en habitar esos dominios. Eso, aparejado al desgaste de ambos para construir el hogar familiar, terminó con mi rechazo ya de por sí debilitado para entonces.

Mi casa retoñó hasta convertirse en lo que ha sido a lo largo de estos años: un sitio dueño de una posición codiciada-es la única casa con vista a la Plaza Mayor, una perspectiva única al atardecer-, devenida en boutiques, casas parroquiales, entre otros escenarios construidos por los cineastas que sucumben ante su encanto; un lugar sui-géneris de ritmo agitado, a veces insostenible, donde convergen a diario muchos amigos para conversar o desahogar sus problemas; un recinto donde deambulan los espíritus, según expresan quienes poseen “su gracia”, cuyos espacios han acogido a actores, investigadores, músicos… (y no es autosuficiencia).

Aun falta por hacer. Las dimensiones atentan cuando se precisa resarcir algún imprevisto con las goteras, las paredes… dado por la espacialidad y la proporción de materiales a la hora de enmendar una rajadura del siglo XVIII. Vivir en el Centro Histórico acarrea también desventajas respecto al abastecimiento de agua, lejanía del centro urbano, restricciones constructivas, etc.

Sin embargo, tengo fe que algún día, con reciba el cobro como reportero a fin de mes, devolveré las pinturas murales sepultadas bajo las capas de cal en las paredes por culpa de los exorbitantes precios que alcanza la restauración de un metro cuadrado; regalaré a mis padres la cocina estilo mediterráneo que tanto desean, ubicada al fondo, como estuvo en tiempos de antaño y preservaré el Patrimonio del palacete que don José Mariano Borrell comprara en 1812 y al que llegué un día como hoy, dos décadas atrás, producto de un reajuste familiar que implicó permutar cinco casas el mismo tiempo. Apenas tenía tres años, no podía imaginar cuán afortunado era.